El mito de estar fuera del mito

Toda época llega a un momento en el que sus propios relatos empiezan a ser examinados. Lo que parecía formar parte del orden natural del mundo revela sus construcciones, sus mecanismos y sus condiciones de existencia. Entonces aparecen quienes buscan revelar las ilusiones de su tiempo. Levantan el velo, señalan el mecanismo oculto y explican aquello que otros todavía contemplan con asombro.
Cada libro, documental, hilo en redes sociales o conferencia ofrece acceso a una realidad reservada para quienes están dispuestos a mirar más allá de las apariencias. La tensión aparece de inmediato. Esa maquinaria necesita que el mito continúe existiendo para justificar su propio funcionamiento. Quien vive de revelar los mitos de su tiempo difícilmente puede imaginar un momento en el que ya no quede ninguno por desmontar, porque la desaparición completa del objeto de su crítica también pondría en cuestión la razón de ser de esa actividad.
La tradición occidental ha contado durante siglos la historia del enfrentamiento entre el logos y el mythos como una marcha ascendente. La razón ilumina donde antes dominaba la superstición. La ciencia desplaza las antiguas explicaciones sobre los fenómenos naturales. El pensamiento crítico libera al ser humano de construcciones heredadas que habían limitado su comprensión del mundo. Pocas narraciones han alcanzado semejante prestigio. Esa misma historia constituye uno de los relatos más persistentes de la razón occidental porque se presenta como la negación de todos los relatos.
La dificultad aparece cuando esa empresa crítica deja de reconocer los fundamentos simbólicos sobre los que ella misma se sostiene. Muchas operaciones de desmitificación terminan construyendo una figura sacrificial. Necesitan a quien todavía cree, al ingenuo, al hombre que aún no ha despertado. El logos necesita un mythos frente al cual definirse y, cuando uno deja de cumplir esa función, otro ocupa su lugar.
Los mitos no pertenecen a un pasado superado ni permanecen como restos de antiguas creencias. Se transforman dentro de las sociedades humanas, adoptan nuevos lenguajes y reaparecen bajo formas que ya no reconocemos como míticas. Se producen bajo la apariencia de lo natural, de lo evidente, de aquello que parece no necesitar explicación. Desmontar uno de esos relatos no modifica el mecanismo que los genera. Apenas desplaza el escenario. La publicidad, la ideología o determinados relatos políticos pueden asumir funciones que antes correspondían a otras formas simbólicas, mientras quien denuncia esa transformación suele hacerlo desde otra narración cuya condición mítica todavía permanece invisible para sí mismo.
La singularidad política de la desmitificación aparece precisamente allí. En sus versiones más optimistas supone que revelar equivale a transformar. Bastaría con mostrar al trabajador la lógica de su explotación para que dejara de aceptarla. Bastaría con explicar al votante cómo opera la propaganda para inmunizarlo contra ella. Bastaría con hacer visible la cadena de producción para modificar el comportamiento del consumidor.
Décadas de experiencia contradicen esa expectativa y, aun así, la expectativa permanece. Su persistencia dice tanto sobre quien explica como sobre quien escucha. La revelación puede convertirse entonces en una forma de diferenciación cultural. Quien desenmascara no sólo transmite conocimiento. También ocupa una posición desde la cual se distingue de quienes todavía permanecen dentro de la ilusión.
En ese punto la desmitificación puede reproducir la jerarquía que afirma combatir. Aparece una división entre quienes consideran haber alcanzado la lucidez y quienes continúan atrapados por las apariencias. Esa forma de organizar el mundo resulta compatible con distintas orientaciones ideológicas. Puede encontrarse en determinados espacios universitarios, en movimientos políticos diversos o en comunidades digitales donde la sospecha se convierte en una forma de identidad. El conspiracionista también se presenta como un desmitificador. Está convencido de haber descubierto aquello que la mayoría desconoce porque permanece sometida al engaño. La estructura intelectual se parece. Cambian el contenido del secreto y quienes supuestamente lo ocultan.
Ese parentesco explica una de las tensiones más profundas del presente. El pensamiento crítico y el conspiracionismo, pese a la distancia que los separa en términos de rigor y método, comparten en ocasiones una gramática semejante. Ambos pueden recurrir al lenguaje del poder invisible, del interés oculto y de una realidad que espera ser revelada bajo las apariencias. La lógica del desvelamiento se ha extendido tanto que dejó de funcionar por sí sola como criterio de verdad. La afirmación de que existe una realidad escondida ya no distingue entre una investigación rigurosa y una interpretación sin fundamento.
Existe además una dimensión que la empresa desmitificadora difícilmente puede asumir sin revisar sus propios límites. El mythos cumple funciones que el logos no puede reemplazar por completo. Esto no implica defender el irracionalismo ni abandonar la crítica. Significa observar la manera en que funcionan las comunidades humanas. Ninguna sociedad permanece unida únicamente por argumentos. También necesita relatos compartidos, símbolos capaces de condensar significados y rituales que organizan experiencias comunes antes de cualquier justificación racional.
La razón puede examinar esas construcciones, descubrir contradicciones y denunciar los abusos que contienen. Lo que encuentra más difícil es sustituir completamente la función que cumplen. Cuando intenta ocupar ese lugar, termina generando nuevos universos simbólicos cuya naturaleza mítica puede pasar inadvertida precisamente porque aparecen bajo el prestigio de la racionalidad.
La confianza en una historia guiada por el progreso terminó adquiriendo una estructura semejante a la de los antiguos relatos de salvación. La emancipación humana, el perfeccionamiento continuo y la expansión del conocimiento ocuparon el lugar de un horizonte final hacia el cual parecía dirigirse la existencia colectiva. El marxismo, presentado como una lectura científica del devenir histórico, conservó bajo un vocabulario secular la expectativa de una redención futura. Más tarde, la idea de un desarrollo humano conducido por la expansión del mercado y la técnica asumió también una promesa de culminación.
El transhumanismo contemporáneo expresa otra variación de ese impulso al proyectar en la tecnología la posibilidad de superar límites que durante siglos parecieron propios de la condición humana. Cambian las imágenes, los lenguajes y los instrumentos, pero permanece la necesidad de construir relatos capaces de orientar la experiencia. Allí donde una forma de mito pierde autoridad, otra ocupa su lugar, aunque adopte el lenguaje de la ciencia, la economía o la innovación.
El fenómeno resulta menos sorprendente cuando se reconoce que ninguna cultura puede vivir indefinidamente sin horizontes de sentido. La dificultad aparece cuando esos nuevos relatos se consideran inmunes al análisis que aplican sobre los anteriores. Cada uno tiende a presentarse como el punto desde el cual los demás pueden ser desenmascarados. Esa posición impide advertir que la propia razón también organiza símbolos, produce rituales y construye legitimidades. El mito deja de llamarse mito, pero no desaparece.
Las consecuencias políticas de este desplazamiento son más profundas de lo que suele suponerse. Si el poder consiste en determinar qué relatos merecen confianza y cuáles deben ser desmontados, la disputa ya no gira únicamente alrededor de las instituciones tradicionales, sino también alrededor de la autoridad para interpretar y revelar. Durante siglos esa capacidad estuvo concentrada en espacios relativamente estables. La Iglesia, el Estado, la escuela, la nación o la familia administraban buena parte del imaginario colectivo. Su autoridad se ha transformado, pero el vacío no fue ocupado por una racionalidad completamente liberada de narraciones. Lo llenaron relatos más fragmentarios, más fugaces y más competitivos entre sí. La densidad simbólica no disminuyó. Se dispersó.
Por esa razón el espacio público parece hoy un territorio donde múltiples mitologías reclaman simultáneamente el monopolio de la lucidez. Ninguna acepta presentarse como una narración entre otras. Todas hablan desde la certeza de haber alcanzado una posición exterior al mito. Esa ilusión de exterioridad constituye una de las formas más persistentes de la construcción mítica.
La evolución de ciertas expresiones contemporáneas de la política identitaria permite observar ese desplazamiento. Su impulso inicial surgió de una crítica necesaria a categorías que se presentaban como universales cuando en realidad contenían relaciones históricas de poder.
Esa operación permitió revelar exclusiones que habían permanecido naturalizadas durante mucho tiempo. Sin embargo, en algunas de sus manifestaciones posteriores, la identidad dejó de funcionar únicamente como objeto de análisis para convertirse en fundamento último de legitimidad.
Lo que antes era entendido como una construcción histórica comenzó a adquirir la consistencia de una esencia. La experiencia personal pasó a ocupar un lugar privilegiado como fuente de autoridad y la autenticidad comenzó a competir con la argumentación como criterio de validación. El mecanismo permanecía. Sólo cambiaban sus nombres.
La historia intelectual reciente ofrece una enseñanza persistente. Derribar un relato no elimina la necesidad del relato. Cada demolición deja un espacio que pronto comienza a llenarse con nuevas promesas de sentido. La pérdida de los antiguos fundamentos últimos no inauguró una existencia libre de absolutos. Abrió la búsqueda de nuevos principios capaces de organizar la experiencia colectiva. La nación, la historia, la revolución, el mercado, la técnica, la identidad o el progreso han cumplido en distintos momentos esa función organizadora. Ninguno logró instalarse definitivamente porque todos enfrentan la misma condición que pretendían superar.
El mito acompaña la historia humana porque responde a una necesidad profunda de interpretación y pertenencia. La fractura aparece cuando una construcción nacida de la imaginación colectiva borra las huellas de su propio origen y adquiere la apariencia de una verdad independiente de quienes la sostienen.
La dificultad de la desmitificación aparece con mayor claridad cuando intenta ocupar el lugar de aquello que pretende analizar. Una sociedad puede cuestionar sus relatos heredados, revisar sus símbolos y desmontar sus ficciones históricas. Esa capacidad crítica forma parte de sus mayores logros. El problema comienza cuando confunde la desaparición de una narración con la desaparición de la necesidad que la originó. El ser humano no deja de buscar sentido porque una explicación haya sido refutada. La pérdida de un relato no elimina el espacio que ese relato organizaba.
Cuando los marcos simbólicos que organizan la experiencia humana pierden autoridad, no queda un espacio vacío que la razón pueda ocupar sin dificultad. Surge una pregunta más profunda sobre la forma en que el sentido puede sostenerse cuando los relatos compartidos dejan de cumplir esa función. La razón puede analizar valores, desmontar tradiciones y revelar las construcciones heredadas, pero encuentra un límite cuando intenta producir desde sí misma aquello que permite que una existencia tenga significado. El sentido no pertenece al orden de la demostración. Es el horizonte previo desde el cual cualquier demostración adquiere relevancia.
Por eso la desmitificación llevada hasta sus últimas consecuencias no desemboca en una liberación absoluta, sino en una nueva relación con el vacío que intenta superar. Cuando ningún relato consigue sostenerse, aparece la tentación de convertir la ausencia de sentido en una nueva certeza. El nihilismo funciona entonces como una mitología negativa. No afirma un mundo lleno de significado, pero convierte la falta de significado en una afirmación total. Cambia el contenido del mito, no su estructura.
El siglo XXI recibe esta herencia en una condición singular. La desmitificación se ha convertido en una de las formas dominantes de inteligencia pública. La sospecha, la denuncia y la búsqueda de aquello que permanece oculto se han transformado en signos culturales de lucidez. Sin embargo, esa presencia convive con la proliferación constante de nuevas creencias, adhesiones emocionales y narrativas absolutas. La irracionalidad no desapareció bajo la expansión de la crítica. Cambió de forma. Encontró canales más veloces y espacios donde puede reproducirse con una intensidad difícil de contener.
La dificultad central es que las herramientas creadas para desmontar mitologías también pueden convertirse en instrumentos para producirlas. La sospecha permanente puede terminar generando su propio dogma. La búsqueda constante de explicaciones subyacentes puede transformar cualquier indicio en una confirmación previa. La voluntad de revelar puede terminar necesitando un mundo lleno de secretos.
El desafío reside en comprender qué lugar ocupa el mito dentro de la existencia humana, más allá de la búsqueda permanente por perfeccionar la capacidad de desmitificar. Las sociedades no viven únicamente de información correcta. Necesitan imágenes del mundo, relatos capaces de conectar generaciones y símbolos que permitan transformar la experiencia individual en una historia compartida. Negar esa dimensión no libera al ser humano de ella. Sólo la desplaza hacia formas menos conscientes.
Aceptar esta condición no significa abandonar la crítica ni regresar a una edad de credulidad. Significa reconocer que la razón también tiene límites, no como fracaso, sino como parte de su propia grandeza. Una inteligencia madura no es aquella que destruye todos los relatos, sino aquella capaz de distinguir entre los relatos que someten la experiencia humana y aquellos que permiten orientar la vida colectiva.
La racionalidad alcanza su mayor profundidad cuando puede examinar también los fundamentos sobre los que se sostiene. La búsqueda de verdad nunca ocurre desde un punto completamente exterior a la historia, al lenguaje y a los símbolos que hacen posible esa búsqueda. La razón necesita confiar en su propio valor para comenzar a operar, y el pensamiento crítico descansa sobre una convicción que no puede demostrarse sin recurrir a ella misma.
La revelación del mecanismo no agota la pregunta. Comprender que un escenario es una construcción no explica por qué los seres humanos necesitan construir escenarios, qué función cumplen ni qué experiencia intentan organizar. La desmitificación puede mostrar la arquitectura de un relato, pero no responde por sí sola a la necesidad humana que le dio origen.
Allí aparece su límite más profundo. La crítica puede retirar las apariencias y hacer visibles las estructuras ocultas, pero permanece una dimensión de la existencia que no se resuelve mediante la explicación. La necesidad de sentido precede a cualquier intento de desmontar los relatos con los que los seres humanos habitan el mundo.