El voto en blanco que se firma todos los días

En el tercer piso de un hotel de convenciones, entre carteles con el logo de la consultora y filas de sillas plegables todavía tibias, son las once y veinte de la mañana y el seminario de gestión hace su primer receso del día.
Alguien revuelve el café en un vaso de cartón, la cuchara plástica golpea contra las paredes con un sonido fino. Yo no me meto en política, dice, con la tranquilidad de quien acaba de resolver un problema de años. Los demás asienten mientras miran el teléfono, un par sonríe con la boca cerrada, y el enunciado circula como una contraseña que da acceso a un club de gente sensata, personas que decidieron no ensuciarse. Nadie discute. La credencial cuelga del cuello de todos, el aire acondicionado zumba, y en quince minutos vuelven a la sala a hablar de indicadores de desempeño.
Esa frase tiene una genealogía que conviene desenterrar, porque no siempre significó lo que hoy significa. Hubo un tiempo largo, anterior a nuestras categorías, en que quedar confinado a los asuntos de la casa, al cuidado del cuerpo, a la administración de la propia subsistencia, se consideraba una carencia, casi una discapacidad social. El que no participaba de los asuntos comunes no era un hombre libre que había elegido su tranquilidad, era alguien privado de algo, un ser incompleto.
La palabra que designaba a ese sujeto encerrado en lo suyo derivó, con el tiempo, en la que hoy usamos para nombrar a la persona sin luces, al necio. Lo público era el terreno de la libertad y la palabra compartida, lo privado era la zona oscura de la necesidad, el lugar donde se resolvían funciones biológicas que ningún ciudadano digno exhibía frente a otros. El orden se ha invertido por completo. Ahora lo privado se vende como el santuario de la autenticidad y lo público aparece como una intemperie hostil de la que conviene resguardarse cuanto antes. Ese giro no fue un accidente cultural, fue un trabajo de décadas, y quien lo asume sin preguntarse de dónde viene termina defendiendo, como si fuera propia, una conquista ajena.
El instrumento principal de ese trabajo fue el reemplazo de la soberanía política por la soberanía de la góndola. Al ciudadano se le entregó un catálogo cada vez más amplio de decisiones sobre superficies, el color del auto, la aplicación de streaming, el plan de cobertura médica, y se le dejó creer que esa multiplicación de opciones equivalía a un ensanchamiento de su libertad.
La trampa funciona porque ambas cosas se parecen, elegir y decidir comparten el gesto de la mano que señala, pero mientras la elección de consumo se mueve dentro de un tablero ya construido por otros, la decisión política es la que discute el tablero mismo, quién lo diseñó, a quién beneficia su forma, por qué esas y no otras son las casillas disponibles. El sujeto que se entrena toda la vida en la primera actividad pierde, sin darse cuenta, el músculo necesario para la segunda. Se vuelve extraordinariamente competente para comparar precios y completamente analfabeto para preguntarse por qué la renta, el salario o el alquiler tienen la forma que tienen.
De esa misma matriz nace la privatización más cruel de todas, la del malestar. Cuando cada persona se concibe como una empresa de sí misma, responsable de gestionar su propio capital de habilidades, energía y estado de ánimo, cualquier fractura deja de ser síntoma de una estructura y pasa a ser un defecto de gestión personal. El que no consigue trabajo revisa su currículum en busca de la falla, el que llega agotado a las ocho de la noche se reprocha no haber cultivado suficiente disciplina de descanso, el que no puede pagar un alquiler busca en un curso de finanzas personales la falla propia que explique el precio del metro cuadrado.
Florece entonces una industria completa dedicada a vender resiliencia, mindfulness, productividad y optimización del yo, y esa industria cumple una función precisa aunque no lo declare, convierte la indignación colectiva en un proyecto de autoayuda individual. El diván sustituye a la asamblea. El malestar, en lugar de politizarse, se medicaliza, y el poder que produjo las condiciones de ese malestar queda fuera de toda sospecha porque el diagnóstico apunta siempre hacia adentro.
Dos maquinarias sostienen este andamiaje a diario. La primera es la sobreexposición de la política como espectáculo degradado. Los escándalos, las anécdotas de corrupción, el griterío de los platós, se ofrecen en un flujo constante que produce hastío antes que indignación, y ese hastío empuja al espectador a apagar la pantalla convencido de haber tomado distancia de algo sucio, cuando en realidad lo que hizo fue aprender a mirar el poder como un producto de entretenimiento consumido desde el sillón, sin ninguna obligación de intervenir en su diseño.
La segunda maquinaria opera en las aulas, donde la formación profesional se organiza casi por completo alrededor de la eficacia técnica. Egresan especialistas capaces de optimizar una cadena logística, automatizar un proceso o maximizar un rendimiento financiero, con un dominio impecable del cómo, y con un vacío casi completo respecto del para qué y del a quién beneficia. La neutralidad técnica se presenta como la forma más alta de profesionalismo, y cualquier pregunta ética sobre el impacto social de una decisión se archiva bajo la etiqueta de interferencia ideológica, como si preguntar por las consecuencias de un diseño fuera una falta de rigor y no, precisamente, la forma más rigurosa de pensar.
El ciudadano que se declara apolítico cree estar fuera del tablero. En realidad ocupa la casilla más cómoda para quienes lo diseñaron, la del jugador que no pregunta las reglas. Todo lo que rodea su vida diaria, el precio de los alimentos, las horas perdidas en un embotellamiento, la calidad de la escuela de sus hijos, la edad en la que podrá dejar de trabajar, fue decidido en habitaciones cerradas por personas que sí se ocuparon de discutir el diseño del tablero mientras él prefería no ensuciarse. Su silencio no lo protege de esas decisiones, las firma.
De vuelta en el seminario, el receso terminó hace rato. Los vasos de cartón quedaron sobre la mesa, algunos con el café todavía tibio, la cuchara plástica torcida contra el borde, y las credenciales que colgaban del cuello de cada uno ahora se balancean solas, apoyadas contra el respaldo de las sillas vacías, mientras el aire acondicionado sigue zumbando en una sala donde ya no queda nadie para escucharlo.