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Ormuz, la fragilidad como arquitectura del crecimiento

Ormuz, la fragilidad como arquitectura del crecimiento

La crisis del estrecho de Ormuz suele interpretarse como un episodio geopolítico puntual: una guerra, un bloqueo, una escalada militar. Sin embargo, esa lectura apenas roza la superficie del problema. Que una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado que consume el planeta dependa de un corredor marítimo de apenas treinta y tres kilómetros no es un fallo del sistema: es exactamente el sistema funcionando como fue diseñado. Un modelo económico basado en el crecimiento permanente necesita concentrar enormes flujos de energía allí donde resulta más rentable hacerlo, aunque eso implique convertir el planeta en una sucesión de cuellos de botella estratégicos. Diversificar proveedores, como hizo Europa tras abandonar el gas ruso, no corrige esa vulnerabilidad si el nuevo suministro reproduce la misma arquitectura de dependencia global.

Durante las últimas semanas, el estrecho de Ormuz ha vuelto a ocupar los titulares: petroleros atacados, un cierre declarado "hasta nuevo aviso" por Teherán, represalias sobre bases militares en varios países del Golfo y un barril de Brent que sube y baja como si tuviera fiebre. Es tentador interpretar todo ello como un episodio más de una guerra concreta, con sus fechas, sus bandos y su desenlace incierto. Pero conviene detenerse en un hecho que suele quedar sepultado bajo la urgencia informativa: alrededor del veinte por ciento del petróleo y del gas natural licuado que consume el mundo atraviesa ese estrecho. Ninguna decisión equivocada, ningún cálculo militar desafortunado explica por sí solo semejante concentración. Es el resultado lógico de cómo hemos organizado la economía mundial durante las últimas décadas.

La lógica que ha construido esta vulnerabilidad no es un accidente geográfico, sino una elección de diseño. Un sistema orientado al crecimiento continuo persigue, por definición, la máxima eficiencia: transportar el mayor volumen posible al menor coste posible y en el menor tiempo posible. Aplicada a escala planetaria, esa lógica concentra inevitablemente los flujos en unos pocos corredores estratégicos —Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca o Suez— porque mantener rutas alternativas, capacidades ociosas, almacenamiento o producción local reduce los beneficios.

La eficiencia no solo disminuye costes; también elimina toda capacidad considerada improductiva. Las reservas estratégicas, la redundancia, los márgenes de seguridad o la producción de proximidad desaparecen porque inmovilizan capital. El resultado es una economía extraordinariamente eficiente para generar beneficios y extraordinariamente frágil para garantizar el abastecimiento. Cuanto más optimizado está un sistema, menos capacidad tiene para absorber una perturbación sin transmitirla, amplificada, al resto de la red. Ormuz no es la excepción que pone a prueba un sistema sólido; es la demostración de cómo funciona.

El caso más evidente de esta arquitectura es el del gas natural licuado. Alrededor del noventa y tres por ciento de las exportaciones de Catar y el noventa y seis por ciento de las de Emiratos Ãrabes Unidos dependen exclusivamente de este paso marítimo. No existe un gasoducto alternativo ni una ruta secundaria capaz de sustituirlo. No hay, literalmente, un plan B.

Europa creyó haber aprendido la lección tras la invasión rusa de Ucrania. Renunció a los gasoductos rusos y los sustituyó por gas natural licuado transportado en barco desde otros proveedores. Se presentó como un éxito de la diversificación y de la seguridad energética. Pero Ormuz demuestra que Europa no redujo su dependencia; simplemente cambió de proveedor sin cuestionar un modelo basado en importar enormes cantidades de energía desde miles de kilómetros de distancia. Confundió diversificación comercial con soberanía energética.

En realidad, el problema no es Ormuz. Si mañana desapareciera este cuello de botella, el sistema seguiría necesitando otro. Una economía que exige mover cantidades crecientes de energía y materiales por todo el planeta siempre acabará concentrando esos flujos en unos pocos corredores estratégicos. Los nombres pueden cambiar; la vulnerabilidad permanece.

Los números de estas semanas ilustran bien el coste de esa fragilidad. El barril de Brent, que rondaba los setenta dólares a comienzos de julio en pleno optimismo por una tregua, llegó a superar los ciento veinte dólares durante los momentos más tensos del conflicto, para volver a repuntar con fuerza en cuanto la escalada militar se reanudó. El gas europeo ha oscilado entre los treinta y cinco y los sesenta euros por megavatio hora según los distintos escenarios. Más allá de las cifras concretas, lo relevante es la enorme volatilidad de un sistema cuya estabilidad depende de que nada falle.

Además, esa volatilidad nunca se reparte de manera simétrica. Los precios suben con rapidez y descienden lentamente, reproduciendo el conocido "efecto cohete y pluma". El consumidor siempre absorbe antes los aumentos que las bajadas. La fragilidad del sistema acaba convirtiéndose en un mecanismo permanente de transferencia de renta hacia quienes controlan los recursos y las infraestructuras.

Ese castigo tampoco se distribuye de forma equitativa entre países. El fuerte encarecimiento de los fertilizantes golpea especialmente a las economías más dependientes de las importaciones, mientras organismos internacionales ya advierten del riesgo de un deterioro de la seguridad alimentaria en diversas regiones del Sur Global. En cambio, algunos países exportadores capturan beneficios extraordinarios gracias al aumento del precio del petróleo. Las crisis energéticas nunca son neutras: redistribuyen riqueza y poder siguiendo las mismas desigualdades estructurales que las precedían.

Conviene evitar aquí una simplificación frecuente. No toda reducción de la actividad económica es equivalente. Existe una diferencia esencial entre la contracción impuesta por una guerra o un colapso del suministro y una relocalización planificada, gradual y democráticamente decidida. La primera empobrece de forma caótica y golpea sobre todo a quienes disponen de menos recursos. La segunda pretende reducir la dependencia antes de que llegue el siguiente shock, fortaleciendo la producción local, disminuyendo la exposición a los mercados internacionales y repartiendo de forma más justa los costes de la transición. Confundir ambas situaciones conduce a una crítica injusta del decrecimiento. El empobrecimiento ya está ocurriendo; la diferencia es que hoy lo impone un sistema frágil e imprevisible en lugar de una decisión colectiva orientada al bien común.

El caso español ofrece un ejemplo parcial de esta diferencia. La elevada penetración de las energías renovables ha amortiguado parte del impacto de la crisis sobre el precio de la electricidad durante las horas de mayor producción solar y eólica. Sin embargo, el problema reaparece cuando el sistema sigue necesitando centrales de gas para cubrir la demanda. Además, las propias tecnologías renovables dependen de cadenas globales de suministro, minerales críticos e infraestructuras complejas. Sustituir unas fuentes energéticas por otras no basta si el objetivo sigue siendo sostener un consumo creciente de energía y materiales. Sin una reducción deliberada de la demanda, existe el riesgo de reemplazar unas dependencias por otras.

Hay, además, un coste que raramente aparece en la factura energética. El libre comercio mundial suele presentarse como un fenómeno puramente económico, cuando en realidad descansa sobre una infraestructura militar permanente. Flotas navales, bases militares, alianzas estratégicas y presupuestos de defensa gigantescos existen, en buena medida, para garantizar que petróleo, gas y mercancías continúen circulando por los principales corredores marítimos. Las primas de los seguros para atravesar Ormuz se disparan cuando aumenta el riesgo, pero incluso en tiempos de paz seguimos pagando, de forma mucho menos visible, el coste de mantener abierto ese sistema mediante el poder militar. La globalización nunca ha sido únicamente un mercado; también ha sido una forma de organización militar del planeta.

Ormuz volverá a abrirse y los mercados recuperarán, durante un tiempo, la ilusión de normalidad. Pero la próxima crisis llegará en otro estrecho, otro puerto o otra cadena de suministro. No porque el mundo sea imprevisible, sino porque una economía que necesita crecer sin límite depende inevitablemente de infraestructuras cada vez más grandes, más concentradas y más vulnerables.

La verdadera alternativa no consiste en proteger mejor esos corredores ni en buscar nuevos proveedores. Consiste en dejar de necesitarlos. Eso implica consumir mucha menos energía y muchos menos materiales, relocalizar la producción esencial, fortalecer la autosuficiencia de los territorios y aceptar que la resiliencia exige renunciar a una parte de la eficiencia económica. Mientras el crecimiento siga siendo el objetivo irrenunciable, Ormuz no será una excepción: será un anticipo del futuro.

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