Por eestebo ·

El Derecho Constitucional al Tiburón

Crónica de una insurrección cromática frustrada y otras humillaciones de la vida adulta a la altura de un metro.

La vida tiene ese ritmo curioso tan suyo por el que un día eres un niño —y parece que vas a serlo siempre— y un día... creces. Porque, bueno..., porque creces. Y te conviertes en un señor con barba, canas y gafas progresivas.

La vida es así: un día te preguntas por el fin del Universo y la extinción de los dinosaurios, y al siguiente solo quieres saber cuándo puedes irte a casa a descansar. Y así, entre prisas y obligaciones, vas intentando aferrarte a un proyecto que llamas futuro, luego pareja y que, en algún momento, empiezas a llamar familia. Nueve meses más tarde, más o menos, unos ojos negros se clavan en ti obligándote a creer de nuevo en Papá Noel.

Y sin darte cuenta, ni saber cómo, una mañana te ves delante de la puerta de casa, agachado a la altura de un metro, intentando convencer a tu hijo de ponerse una visera para protegerse del sol en el patio del colegio.

Como no quiere, y llevas varios días llegando tarde al trabajo a cuenta de la dichosa visera, decides buscar una gorra en las tiendas para ti. Porque, bueno, las neuronas espejo y todo eso.

Y no una gorra, no. No una gorra cualquiera. La gorra.

Una gorra con tiburones, como la que le ha comprado mamá. Una gorra divertida. Una gorra que tu hijo vea y diga: «Papá también la lleva». Esa gorra.

Y entonces te das cuenta: ¡qué porquería de gorras de mayores!

Mi hijo tiene una azul marino con dibujitos de tiburones de colores que no se quiere poner. Y yo, sinceramente, daba medio café del desayuno por una igual de mi talla. Pero no. Para adultos todo son gorras sosas: monocromáticas, bicolor, lisas o con letras. Como si al cumplir cierta edad nos retirasen el derecho constitucional al tiburón.

¿En qué momento perdimos ese derecho? Pues no lo sé; y quizá ni siquiera fuese un momento aislado y señalable. Seguramente no fue una gran tragedia, ni un decreto del Parlamento, pero el armario se fue llenando de prendas grises, azules marino, beige… Colores neutros. Todos neutros.

Los dinosaurios, los cohetes, los planetas, los dragones o los tiburones desaparecen de tu armario. Quizás algunos permanezcan, sí; pero ya son otra cosa.

Y vas entregando los colores del mundo poco a poco.

Un día ya no sólo no quieres una nave espacial en la cabeza, no quieres colores ni experimentos: nada que se salga del catálogo. Solo prendas discretas, combinables, adultas, que no diga demasiado de ti. Como si el problema de crecer no fuera cumplir años, sino aprender a no pedir ciertas cosas. Aprender a disimular y a no hacerse notar.

Así que ahí estás tú, mirando la pantalla del ordenador fijamente, intentando encontrar lo que no existe. Y te indignas. Porque, vamos a ver: es una gorra. Si quieres vestir para una cena de gala, no te la pones. Pero si vas al parque, a por el pan o sales a la calle todo hortera, con tus pantalones cortos de safari y una camiseta para sobrevivir a julio, ¿qué problema hay con llevar un escualo en la cabeza?

Pero claro. El mundo adulto ha decidido que, a partir de cierta edad, puedes ir vestido como un auténtico idiota, con los pantalones cayéndote hasta el tobillo o camisetas que bien podrían pasar por camisones de hospital con pretensiones urbanas. Puedes plantarte en una terraza de playa con grises corporativos, beiges de gestoría y verdes desvaídos de catálogo de divorciado funcional. Pero una gorra con dibujitos, no. Ojo ahí.

Como mucho se permite el logo hortera de alguna marca que te cobra cien euros por una gorra fabricada con materiales que no llegan a cincuenta céntimos y una dignidad industrial difícil de localizar en el mapa. Eso sí.

Eso es adulto. Eso es serio. Eso combina.

Y lo más absurdo es que, en realidad, yo ni siquiera estaba reclamando mi derecho adulto a llevar escualos en la cabeza ni preparando una insurrección cromática contra los tonos tierra y el Old Money de saldo. Si no fuera por mi hijo, probablemente ni se me habría ocurrido.

Yo solo quería una gorra parecida a la suya. Una forma pequeña, tonta y bastante desesperada de decirle: mira, papá también. Papá también se la pone. Papá también lleva tiburones. Papá también entra en el juego si con eso conseguimos llegar al colegio antes de que me despidan.

Pero claro, una vez entras en el aro, la reflexión cae sola. Ains, la adultez. Suspiro derrotado mientras cierro el ordenador. No solo venía con impuestos, sino con prendas sosas que anuncian marcas por las que no solo no cobras, sino que encima pagas lo que vienen siendo los cafés de un mes.

Esperando ya a la tercera edad para poder vestir sin complejos bambas, chándal y americana a cuadros.


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