La insatisfacción de los inversores con los fondos de gestión activa suele nacer de una falta de conocimiento sobre el producto y de sesgos cognitivos propios, más que de un error del gestor. El inversor debe aceptar que, al delegar la gestión, no tiene control sobre las decisiones tácticas del fondo, si las reglas del gestor no le convencen, la solución es cambiar de producto (o indexarse) y no intentar presionar para cambiar una estrategia que no está diseñada para ajustarse a sus deseos personales.
El origen del problema: Muchos inversores compran fondos basándose únicamente en rentabilidades pasadas o narrativas atractivas, sin comprender realmente la filosofía del gestor. Cuando los resultados empeoran, surgen críticas infundadas sobre sectores o activos específicos que el gestor incluye en su cartera.
El comportamiento del inversor: Manifestación del efecto Dunning-Kruger, donde el inversor cree saber más que el gestor al que le pagó por tomar decisiones. Esto suele derivar en un "baile de fondos" perjudicial o en una frustración constante al intentar influir en la estrategia del gestor.
Gestión activa vs Expectativas: Invertir en gestión activa implica confiar en que el gestor actuará dentro de los límites de su folleto. Si el inversor no se siente cómodo con esa flexibilidad, el autor sugiere optar por fondos más restringidos (sectoriales, mono-países) o por la gestión pasiva (indexación).
Coherencia vs Crítica: Ser un inversor crítico es positivo, pero debe enfocarse en la coherencia entre lo que el gestor promete y lo que ejecuta, no en si el gestor sigue las preferencias personales del inversor.
Consejo final: El éxito inversor requiere madurez para aceptar que un producto puede ser bueno pero no encajar con tu perfil. Las grandes rentabilidades requieren pasar periodos de dudas y que, en la gestión activa, o se confía plenamente en el gestor o es preferible no invertir en el fondo, evitando así un "sinvivir" emocional.