Algoritmo, viralidad y lectores reales
El año 2022 fue el mejor de mi carrera, en cuanto a venta de libros. Pasé de no vender ninguno a disfrutar de vender un promedio de veinte libros por día. Pocos días antes me habían despedido de mi trabajo, un puesto de redactor en una agencia de publicidad. Trabajo que adoraba, pero en el que no me permitieron continuar porque me negaba a vacunarme por lo del covid. Así que acepté las condiciones del dueño de la empresa y me fui, como quien dice, por la puerta grande.

Las ventas comenzaron desde noviembre del 2021, a cuentagotas. Si antes no vendía un ejemplar, ahora comenzaba a vender uno o dos por semana. Para enero (mi último mes en la dichosa empresa de publicidad), las ventas ya eran moderadas. En febrero las ventas se dispararon, y alcanzaron su punto álgido en marzo del 2022. Todo el dinero que me pagaban al mes en la empresa, ahora lo ganaba en una semana. Fue casi milagroso. Durante ese tiempo, puedo decir que conseguí vivir de la literatura, de la venta de mis libros por internet.
¿Y a qué se debían tantas ventas? Simple: a la viralidad.
Mis frases, mis textos breves, mis poemas, comenzaron a ser virales en Instagram y Facebook. Pasé de tener como máximo cincuenta likes por publicación, a ver cómo cada publicación recibía decenas de miles en un solo día. Obviamente, aprovechaba para incluir una llamada a la acción en cada una de ellas. De ese modo podía dirigir a mis seguidores a los enlaces directos para que compren mis libros. Y funcionó. Puedo decir que, al menos durante el tiempo en que duró esa etapa, me había llegado a congraciar con el algoritmo, especialmente el de Instagram.
Mucho nos quejamos del dichoso algoritmo y, de hecho, yo hice lo mismo cuando este dejó de otorgarme el alcance que había logrado. Mi alcance máximo fue de más de diez millones de cuentas, un hito que no he repetido desde entonces. Pero el punto es que me parece que quejarse del algoritmo es como quejarse de la riqueza ajena, o de la corrupción: siempre será algo malo hasta que nos termina beneficiando.
Antes de que el algoritmo comenzara a tratar a mi contenido con cariño, yo era prácticamente alguien invisible en Instagram. Gracias a que los números crecieron fue que comencé a hacerme notar en el medio. Editoriales me contactaron, lectores compraban mis libros, profesores comenzaron a usar mis poemas para sus clases... No negaré que todo ello también se sentía abrumador, pero la mayoría de cosas sólo fueron beneficios.
Y es que no es un secreto que la viralidad es algo que muchos artistas necesitan, anhelan y sueñan con conseguir. Que millones de personas vean lo que haces, aunque sea de manera fugaz, incrementa las posibilidades de que tu obra deje de estar en la sombra para convertirse en material de consumo. Esto se traduce en ventas; las ventas en ganancias; las ganancias —si son bien usadas— en una calidad de vida mejorada. Demonizar al algoritmo es fácil cuando sólo has recibido frustraciones, pero otra sería tu opinión si ese algoritmo comienza a valorar el contenido que haces, y te da la oportunidad de vivir de tu arte. Me atrevería a apostar que, si eso ocurre, dirías que es lo mejor que te ha pasado.
Porque yo sí lo dije alguna vez. Y no he cambiado de opinión.
Por otro lado, no escribo esto para alabar al algoritmo, pues es bien sabido que, por cada publicación que aparece en tu feed, hay cientos o miles que mueren en la sombra. Y es totalmente impredecible, aunque haya algunos que apliquen ciertas estrategias (como yo lo hice en su momento), pero estas quedan obsoletas de inmediato. De un día para otro, aquellas millones de personas que supieron de tu existencia, pronto comienzan a olvidar tu nombre. Porque aunque haya un importante incremento de tráfico hacia tu contenido, lo cierto es que sólo una milésima de todas esas personas están realmente interesadas en lo que haces. El resto sólo son usuarios que pasaban por ahí, vieron algo que les gustó, y continuaron deslizando. Algunos incluso te comenzaron a seguir por casualidad, y en cuanto vean que vuelves a aparecer en su feed publicando algo nuevo, dejarán de seguirte. Por eso es importante tener en cuenta que los seguidores no son fans. Y para el caso: los seguidores no son lectores.
Que alguien te siga no significa que tenga la disposición de leer todo tu trabajo, ni mucho menos que quiera comprar tu libro. La cantidad de seguidores no garantiza que todos ellos vean tus nuevas publicaciones, porque los números pueden ser cada vez más grandes, pero al final sigues publicando para el algoritmo, no para ellos. Esto es fácil de ver sobre todo en las publicaciones que se vuelven virales: por estadística, la mayoría de ellas logran un gran alcance porque fueron vistas por personas que no te siguen, no por la totalidad seguidores que ya tenías. Y viceversa: las publicaciones que no despegan ni siquiera fueron mostradas a la mitad de todos los seguidores que tienes.
Teniendo en cuenta todo lo que he mencionado, creo que hay razones más que de sobra para valorar a aquellos lectores reales que se quedan y mantienen interés genuino en lo que uno escribe. Puede tratarse de una pequeña comunidad, pero lo que importa es que sea real. Y esto se puede ver en la interacción constante, pero sobre todo en la calidad de dicha interacción:
- Los comentarios son intencionados, no mecánicos.
- Recomiendan tu trabajo a otras personas.
- Comienzan a crear su propio contenido basándose en lo que tú haces (se me ocurre, por ejemplo, a alguien que publica una frase de tu libro, o que elabora una opinión para finalmente recomendarlo).
- Los mensajes dejan de ser simples consultas para convertirse en conversaciones fructíferas.
- Compran tu libro.
- Se suscriben a tu boletín.
- Participan con entusiasmo en tus proyectos.
- Etc.
Esos son lectores de verdad, los que llegan a diferenciarse de simples consumidores de contenido y a los que vale la pena dedicarles atención.
¿Y cómo llegan a ti? En efecto, gracias al algoritmo.
El algoritmo puede ser un primer impuslo de tráfico de miles de usuarios, y depende de la forma en que te comuniques con ellos para que se queden y se conviertan en lectores.
Yo he sido bendecido con miles de lectores. Defiendo la idea de que los escritores debemos escribir por nosotros mismos, pero al menos yo no tengo reparo en decir que escribo también para ellos, los que semana a semana esperan mis correos, los que a diario interactúan con mis publicaciones y con los que tengo comunicación constante, y que incluso hemos trabado amistad. Si tienen mis libros, los leen con mucho gusto; si no, leen mi blog. Pero están presentes. Varios de ellos, cuando me suelo ausentar de las redes, me escriben para consultar si me encuentro bien, y para manifestarme que echan de menos ver mis escritos en su feed. En los tiempos tan saturados que vivimos, detalles como esos nos recuerdan que tras una pantalla hay un ser humano como nosotros.
Como alguien cuyas publicaciones han gozado de viralidad, no puedo mentir: ver a miles de personas interactuando con mi contenido se siente casi adictivo, una inyección de dopamina directamente a la vena, pero soy consciente de que no todos esos miles estarían dispuestos a dedicar horas de sus vidas a sumergirse en las páginas que escribo, tan sólo les gustó la frase breve que apareció en sus feeds, y ya. Mi foco de atención, en cambio, está con los lectores leales, aquellos que me conocieron un día y que continúan conmigo aunque pasen los años.
Lo bueno de esto es que la viralidad, si bien es útil, no es el único camino. El algoritmo puede ayudarte a llegar a más personas, aunque no sea una gran cantidad. Pero las pocas que van llegando pueden hacer toda la diferencia entre un tráfico vacío y una comunidad sólida y acogedora. La recomendación por boca a boca todavía está vigente y ayuda bastante. Y creo que saber comunicarse con los lectores también es crucial si uno quiere mantener el interés de ellos. Nos queda seguir aprendiendo por el camino, sin olvidarnos de valorar a aquellos que llegan dispuestos a quedarse, pues cada uno puede conformar luego una comunidad enorme. El océano, después de todo, está conformado por gotas pequeñas.