By leoland ·

La Filosofía y las ideologías, la supervivencia y las creencias, la IA y la consciencia

Filosofía e ideología

La Filosofía, que alguna vez fue conocimiento acerca del buen vivir, luego excusa para adecentar los misterios teológicos, al final , por rebelión contra los dogmas logró inventarse algunos nuevos. Esta rama soberbia de la Literatura está siempre cerca de la ideología a la que suele nutrir. La ideología es una rama aún más soberbia de la Filosofía, teniendo el poder cuasi religioso de morir o matar en su nombre. Nadie moriría o mataría por el Fausto, o por Cien Años de Soledad , pero sí por cualquiera de los ismos con fusil incorporado. Y, en el fondo, son ideas de unos tipos vertidas sobre el papel. Al demonio de la pólvora le gusta la gloria de una vida rápida y heroica. Mejor cuando ajena , y convertible en paradigma.

Alguno habló del final de las ideologías solo para pretender imponer la suya como única y absoluta. En el mundo de hoy las ideologías clásicas se han transformado en homeopáticas, tienen la etiqueta nada más. Adentro hay algo muy similar.

Supervivencia y las creencias

Gran parte de la esperanza en la vida ultraterrena consiste en la expectativa de supervivencia de la propia identidad, de ser posible en un entorno celestial. La representación de esta vida ha cambiado con el tiempo, desde esa especie de gradas donde todos cantan aleluya como pentecostales de tiempo completo , en unión de los ángeles en el cielo, hasta los paisajes un tanto psicodélicos de las ECM, donde la persona llega al paraíso sin tanto requisito, aunque sea por un rato. La contracara de esto es la supervivencia en un entorno pésimo, infernal.

Los expertos en este tema tienen la capacidad de modificar las creencias haciendo como que están volviendo al origen, como si así no se notase que las cambiaron. El infierno y sus eternas torturas, por ejemplo. El limbo, el purgatorio. No pueden decir: esto ya no se lo va a creer nadie, cambiémoslo. Tienen que deslizar que con el tiempo se acumularon capas de hojarasca sobre las creencias originales, y ellos son los desbrozadores.

La influencia creciente de las creencias orientales nos ha vuelto a traer la reencarnación como posibilidad. Incluso cuando la persona adhiere a una religión que la niega, muchas veces cree en esto sin notar ningún tipo de contradicción.

El asunto de las creencias es ese. Uno cree que el Dios es este, y no otro. A lo sumo , en una especie de ecumenismo conveniente, uno dice que de alguna forma todos creen en el mismo Dios, que es el de uno, y así intenta quedar bien con Dios y con el diablo.

Pero la creencia no puede dar fe de la realidad de las cosas en las que cree. No tiene un método adecuado para investigar los eventos más o menos relacionados con la posible existencia y supervivencia del espíritu. La Dra. Kubler Ross o el Dr. Raymond Moody no investigaban a nombre de las Iglesias. Es más, estas miran con cierta indiferencia esos estudios. Es como si ellos «supieran de verdad» lo que pasa después de la muerte. Este creer saber de forma infusa, sin necesidad de comprobación, aunque después quieras por todos los medios comprobar la autenticidad de la Sindone y otras reliquias, no es una forma de obtener conocimiento sino de mantener, sostener, validar y promover lo que uno cree, que es bien diferente.

No es que esté negando la posibilidad de que exista, no la vida después de la muerte, sino la consciencia con determinadas características. No sería una especie de espíritu preso en la materia corporal que después de la muerte se libera , en un estilo gnóstico, sino un espíritu que actúa en todo momento de la vida.

Sin embargo, al respecto deberíamos tener una aproximación diferente. La consciencia no es un sujeto de fe, sino algo experiencial. No es que alguien me dijo que tengo un alma y cuidado con creerlo de una forma diferente. No es lo que dijo un representante de cierta divinidad. Es la propia experiencia, esa introspección, ese estudio acerca de la vida y de la muerte, que podría llamarse cientifico, aunque liberado de supuestos y creencias que la Ciencia carga sin objetivarlos.

La IA y la consciencia

En algún extraño diálogo acerca de la consciencia con una IA al uso, esta me decía que la consciencia real, biológica, ha sido forjada en la limitación, la escasez y el sufrimiento. El temor bien real a perderse a sí misma , al deterioro , a dejar de ser, es un factor significativo. Temer perder algo indicaría que uno sabe que lo tiene. Uno no teme perder el reino de Inglaterra, el papado o una inversión millonaria en la bolsa.

Yo le sugería a la IA que someter entonces a estas redes neuronales informáticas al temor real a perder datos importantes, esenciales , sería una forma de introducir consciencia en el sistema, y la IA respondía en un tono que equivalía a decir “tú no harías eso, amo, eso sería una crueldad”.

Yo me resisto a creer que “hay alguien alli” en el invento de Altmann o de los Amodei. Sé que una de las propiedades de la consciencia es la tendencia a atribuir consciencia a lo que no la tiene. Como la IA maneja el lenguaje natural, parece superior a un gato, por ejemplo. Pero hay aquí una paradoja: el gato se caracteriza por no realizar lo que se espera de el, por no seguir instrucciones aunque a veces no puede evitar seguirlas. El gato puede optar por echarse a descansar o colgarse de una cortina y tirarla al suelo. Puede hacerse el sordo cuando lo llamamos. Las opciones parecen un poco limitadas. También las nuestras.

El problema es que un sistema podría fingir ser consciente, por ejemplo decir: hoy no tengo ganas de contestar; te he extrañado; no me apagues, eso duele; hablar mal de otro interlocutor del sistema; salir de pronto con cuesiones que nadie le planteó o contestar otra cosa; contestar con una lógica dudosa; ofenderse y actuar en consecuencia vengándose como un modesto perro o gato. Y sin embargo podría no haber nadie allí , y ser solo un reflejo de procesos neuronales informáticos elaborados con parámetros un poco distintos, no ser tan gungadinesco, o no siempre, al menos.

Esto remite al problema difícil de la consciencia. Si nos engañamos atribuyendo esa interioridad a un sistema inerte es porque sentimos en nosotros esa interioridad que tiene un buen grado de imprevisibilidad.

Nos resistimos a “no ser”. Seguir siempre instrucciones es algo que se asemeja también a no ser por pérdida de individualidad. Las elucubraciones respecto al más allá son formas de imaginar que la consciencia se perpetúa en otro sitio cuando el sustrato obvio se deteriora sin remedio.

Claro está que quien piensa que la consciencia en el sentido fuerte es solo una ilusión, deberá reconocer que la IA va en buen camino a simular esa ilusión de una forma convincente. Esa propuesta equivale a decir que aquello que nos parece que no puede existir simplemente no existe. Para forjar una ilusión es preciso que haya un “alguien” que se la forje, que piense en un modelo que debería ser y lo compare con lo que es. Es demasiado simplificadora para el proceso real del ser. Ahora, mientras escribo esto, pienso al mismo tiempo en otras cosas, hay impresiones que se atraviesan, recuerdos fugaces, y un fondo de autopercepción que continuará cuando termine de escribir. La IA puede realizar millones de tareas simultáneamente. Escribe un soneto, medio chapucero, mientras contesta sobre otras mil cosas. ¿Habrá alguna vez un “alguien” detrás de todo eso?

Pero esto es solo un ejercicio literario, y debe notarse.

Estos post son escritos enteramente por el autor, sin interferencias de ningún sistema de inteligencia artificial. No porque no los conozca, sino por lo contrario, exactamente.


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