Cuando el dinero ya no sirva.

Por miquel-tort ·

El racionamiento como única salida justa a la escasez

Cuando pensamos en el colapso del sistema financiero, la imaginación colectiva suele girar alrededor del pánico: caída de bancos, ahorros congelados, mercados vacíos, colas en los supermercados. Pero la pregunta esencial no es cómo llegaremos allí, sino qué haremos después. ¿Qué ocurre cuando el dinero —esa ficción compartida que sostiene nuestra vida cotidiana— deja de servir para comprar nada porque ya no hay suficiente para todos?

Cuando el crecimiento económico alcance su límite físico, ninguna moneda, ni digital ni dorada, podrá mantener el orden actual. Ni las criptomonedas, ni los bancos centrales, ni las nuevas tecnologías financieras podrán garantizar aquello que el sistema ya no puede producir. Y entonces, la única herramienta históricamente probada para gestionar la escasez volverá a escena: el racionamiento.

Sí, el viejo sistema de cupones en papel que permitía, durante guerras o crisis profundas, repartir de manera equitativa los bienes esenciales: comida, combustible, ropa, medicinas. Una solución incómoda para nuestro imaginario de consumo, pero probablemente la única viable cuando la abundancia desaparezca.

El dinero como derecho sobre la energía

Para entender por qué llegaremos aquí, conviene recordar una obviedad que el sistema económico se ha esforzado mucho en ocultar: el dinero no es riqueza, sino un derecho a consumir energía y materiales. Cada euro, cada dólar, cada saldo bancario representa una promesa implícita de que alguien, en algún lugar, extraerá petróleo, fundirá cobre o cosechará trigo para satisfacer nuestra demanda.

Durante décadas, esas promesas parecían seguras porque la energía barata —sobre todo el petróleo— permitía aumentar la producción y, con ella, la economía. Pero el crecimiento infinito en un planeta finito es una imposibilidad física. A medida que los recursos fáciles de obtener se agotan, la energía necesaria para extraer energía aumenta: cada barril de petróleo requiere más esfuerzo, más tecnología, más emisiones y más dinero.

El resultado es un sistema financiero que se multiplica sobre sí mismo, creando deuda sobre deuda, mientras la base material que lo sostiene se encoge. El economista ecológico Herman Daly lo describía con precisión: una economía que ignora el throughput —el flujo de materia y energía que atraviesa el sistema— está construida sobre una ilusión contable. El PIB puede crecer en los papeles mientras el mundo físico se degrada. Los mercados financieros pueden seguir subiendo mientras los acuíferos se vacían, los suelos se erosionan y las reservas de minerales críticos se agotan.

En este contexto, hablar de "crecimiento sostenible" es un oxímoron. No existe tecnología capaz de mantener un sistema que depende de aumentar constantemente su consumo energético. La electrificación de la economía, las energías renovables o la inteligencia artificial pueden retrasar ciertos límites, pero no abolirlos. Tampoco distribuyen la riqueza ni resuelven la concentración de poder que caracteriza al capitalismo tardío.

Una crisis que ya ha comenzado

No hace falta esperar a un colapso dramático y repentino para observar las primeras grietas. La inflación que sacudió las economías occidentales entre 2021 y 2024 no fue una anomalía transitoria: fue un síntoma de tensiones estructurales entre la cantidad de dinero en circulación y la cantidad real de bienes disponibles. Las interrupciones en las cadenas de suministro globales —primero por la pandemia, luego por la guerra en Ucrania— revelaron la fragilidad de un sistema que había externalizado su producción a miles de kilómetros de distancia.

Hoy, la geopolítica de los recursos se agudiza. La disputa por el litio, el cobre, las tierras raras y el agua ya no es una preocupación académica: es el núcleo de la nueva geopolítica mundial. Las guerras del siglo XXI serán, en buena medida, guerras por los recursos. Y en ese contexto, la capacidad adquisitiva de una moneda dependerá cada vez menos de la confianza en los mercados y cada vez más del acceso físico a los materiales que la respaldan.

El cambio climático añade otra capa de presión. Las cosechas devastadas por olas de calor o inundaciones, la desertificación de regiones enteras, la salinización de acuíferos costeros: todo ello reduce la base alimentaria del planeta precisamente cuando la población sigue creciendo. El resultado es una ecuación que ninguna política monetaria puede resolver: más bocas que alimentar con menos tierra, menos agua y menos energía.

Del dinero digital al cupón en papel

Cuando llegue la contracción —ya sea por el agotamiento de los recursos, por una crisis financiera o por una combinación de ambas— los gobiernos buscarán soluciones para mantener el control social. Tal vez lo intenten mediante monedas digitales de banco central (CBDC), programables y vigiladas, que permitan distribuir subsidios o limitar gastos. Pero estas herramientas tienen una debilidad estructural: necesitan una infraestructura energética estable.

En un mundo con redes eléctricas intermitentes, apagones recurrentes y sistemas digitales vulnerables, las monedas electrónicas pueden fallar en cualquier momento. Y cuando se apaga la electricidad, la economía digital desaparece.

Entonces solo quedará aquello que siempre ha funcionado en tiempos de escasez: el racionamiento físico, tangible, en papel. Una herramienta tan simple como justa, que permite asignar recursos básicos según las necesidades y no según el poder adquisitivo.

No es casualidad que todas las sociedades que han vivido guerras, bloqueos o colapsos hayan recurrido al mismo mecanismo. Fue lo que evitó el hambre masiva en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, donde el sistema de cupones —gestionado con notable eficiencia y amplio respaldo popular— garantizó que tanto el minero del norte de Inglaterra como el empleado bancario londinense recibieran la misma ración de carne o azúcar. También fue lo que permitió sobrevivir a Cuba durante el "período especial" de los años noventa, cuando la desaparición de la Unión Soviética dejó a la isla sin combustible ni fertilizantes de un día para otro. Y fue el único salvavidas para millones de familias en la España de la posguerra, donde la cartilla de racionamiento marcaba la diferencia entre comer o no comer.

Más recientemente, durante la pandemia de COVID-19, muchos países introdujeron formas implícitas de racionamiento: límites de compra en supermercados, asignación centralizada de equipos médicos, reservas estratégicas de vacunas. Lo hicieron sin llamarlo así, porque la palabra asusta. Pero la lógica era la misma: cuando los recursos escasean, hay que decidir quién recibe qué, y esa decisión no puede dejarse exclusivamente en manos del mercado.

Sin embargo, estos ejemplos también nos recuerdan los riesgos de una aplicación autoritaria y desigual del racionamiento. Cuando el Estado concentra todo el poder de decisión y la distribución depende de la fidelidad política o de la corrupción administrativa, el sistema se pervierte y la injusticia se agrava. Para que el racionamiento sea realmente una herramienta de justicia, debe ser transparente, participativo y comunitario, gestionado desde la proximidad y con criterios de necesidad, no de privilegio.

El racionamiento puede parecer una imposición, pero es sobre todo una forma de igualar en un mundo de límites. Un reconocimiento colectivo de que el derecho a comer, calentarse o desplazarse no puede depender del saldo bancario, sino de la condición de ser humano y miembro de una comunidad.

Racionar para aprender a vivir dentro de los límites

La palabra "racionamiento" despierta recelos. Evoca privación, control, burocracia. Pero quizá haya llegado el momento de resignificarla. Racionar no es solo restringir, sino hacer visible la realidad de los límites. Cuando cada familia sabe que solo dispondrá de una cantidad determinada de alimentos o energía, el uso de los recursos se vuelve consciente, medido, colectivo.

A diferencia del mercado, que premia la acumulación y el despilfarro, el racionamiento educa en la suficiencia. Nos obliga a distinguir entre lo necesario y lo superfluo, y puede convertirse en una herramienta pedagógica para aprender a vivir mejor con menos. No se trata de empobrecerse, sino de desaprender el hábito de confundir el consumo con el bienestar.

De hecho, algunas comunidades de transición o iniciativas de soberanía alimentaria ya practican formas de racionamiento informal: reparto equitativo de cosechas, bancos de alimentos comunitarios, sistemas locales de intercambio. Todo ello son ensayos de lo que podría ser un racionamiento democrático, basado en la confianza y la cooperación, no en la imposición estatal. Las redes de grupos de consumo agroecológico, los mercados de intercambio o las monedas locales complementarias son, en este sentido, laboratorios de un futuro posible.

El movimiento del decrecimiento lleva años señalando esta dirección: no se trata de crecer de otra manera, sino de reorganizar la vida social y económica dentro de los límites biofísicos del planeta. El racionamiento, bien entendido, encaja perfectamente en esta visión: no como castigo, sino como arquitectura de la justicia en tiempos de escasez.

El desafío será político y cultural: habrá que aceptar que la libertad individual no puede seguir sosteniéndose sobre la destrucción colectiva. La verdadera libertad, en tiempos de escasez, será la capacidad de decidir juntos cómo repartir lo que queda.

Del mito de la abundancia al relato del reparto

Vivimos inmersos en un relato de abundancia: el mercado, la innovación y el progreso tecnológico como motores de un bienestar sin fin. Ese relato es precisamente el que se está derrumbando. El colapso no será solo económico o ecológico, sino también narrativo: ya no podremos seguir creyendo que "todo irá bien" si simplemente trabajamos más, producimos más o inventamos más.

Cuando esa ficción se agote, hará falta un nuevo relato: el del reparto. No el de la pobreza ni el de la resignación, sino el de una nueva forma de entender la prosperidad. Una prosperidad basada en la suficiencia, la cooperación y el bienestar colectivo. Kate Raworth lo visualizó con su "economía del donut": una sociedad que garantice un suelo de bienestar para todos sin superar el techo ecológico del planeta. El racionamiento, en este marco, no es una derrota, sino una herramienta de navegación entre esos dos límites.

El racionamiento, bien entendido, puede ser el primer paso hacia ese cambio cultural. Un instrumento para recuperar la justicia social y reconocer que la vida no puede reducirse a transacciones económicas. En ese sentido, más que una medida de emergencia, puede convertirse en una piedra angular del decrecimiento: una forma de organizar la vida cuando el consumo ya no puede seguir creciendo.

El futuro puede ser más justo, aunque más sobrio

Tal vez nos parezca impensable volver a los cupones de papel, pero es mucho más peligroso seguir confiando en que el dinero —virtual, digital o dorado— resolverá la crisis de fondo. Lo que está en juego no es el valor del dinero, sino el sentido de la justicia y la cohesión social.

Cuando el dinero deje de tener valor real, solo quedarán dos opciones: o la ley del más fuerte, o una organización colectiva basada en el reparto. La primera nos conduce al caos y al autoritarismo; la segunda puede abrir camino hacia un nuevo contrato social donde la vida y el bienestar estén en el centro.

El reto, por tanto, no es tanto evitar el colapso del sistema financiero como prepararnos para lo que vendrá después: una sociedad más modesta, pero quizá también más justa y más consciente. Una sociedad que ya no oculta los límites, sino que los asume como condición de vida. Y que construye, desde abajo, las estructuras de cuidado mutuo y reparto equitativo que el mercado nunca supo —ni quiso— garantizar.

Quizá, al final, el futuro nos obligue a reencontrarnos con lo más sencillo: un trozo de papel, un cupón, una forma de asegurar que todo el mundo pueda comer, calentarse o vivir con dignidad. Tal vez, tras el fin del dinero tal y como lo conocemos, empiece por fin una nueva economía de lo común.


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