El mito del progreso. Una creencia arraigada que nos aleja de los límites del mundo real

By miquel-tort ·

El poder de los mitos que nos contamos

Todo colectivo humano vive rodeado de relatos. Nos explicamos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos a través de historias compartidas, símbolos y mitos. Estas narraciones no son meras fantasías o cuentos antiguos: estructuran la forma en que percibimos el mundo y actuamos en él. Los mitos sociales contemporáneos tienen tanta fuerza como los dioses de la Antigüedad, aunque a menudo pasan desapercibidos. No se encuentran en templos, sino en los libros de texto, en las políticas públicas, en la publicidad y en los discursos oficiales.

Un mito, en este sentido, es una creencia ampliamente compartida que no necesita demostración para ser aceptada y que condiciona profundamente nuestro comportamiento colectivo. A diferencia de una teoría científica o un dato verificable, el mito opera en el plano simbólico y cultural. Por eso resulta tan resistente al cambio, incluso ante evidencias contundentes en su contra.

En este marco, uno de los mitos más poderosos de la modernidad es el del progreso indefinido: la idea de que la humanidad avanza inevitablemente hacia un futuro mejor gracias a la ciencia, la tecnología y el crecimiento económico ilimitado. Esta visión ha sido el motor ideológico de la industrialización, del desarrollismo económico y de la expansión del modelo occidental por todo el planeta. Pero hoy, frente al colapso ecológico y la crisis civilizatoria, es imprescindible ponerlo en cuestión.

El mito del progreso: raíces históricas y consecuencias actuales

El mito del progreso se articula en una narrativa lineal y optimista: venimos de un pasado oscuro (ignorante, pobre, supersticioso y brutal), vivimos en un presente iluminado (científico, desarrollado y democrático) y nos dirigimos hacia un futuro aún mejor (más rico, eficiente, tecnológico y feliz). Esta visión, profundamente arraigada en el imaginario occidental desde la Ilustración, nos invita a creer que cada generación vivirá mejor que la anterior y que cualquier problema podrá resolverse con una nueva innovación tecnológica.

Esta narrativa ha sido extraordinariamente eficaz. Durante más de dos siglos ha impulsado grandes avances: aumento de la esperanza de vida, reducción de la mortalidad infantil, expansión de la educación, avances médicos y mayor comodidad material para millones de personas. Sin embargo, también ha ocultado su cara oscura.

El progreso, tal como se ha entendido en la era industrial, ha sido posible gracias a la explotación intensiva de recursos fósiles (carbón, petróleo y gas) y de mano de obra barata, a menudo en territorios colonizados o periféricos. La Revolución Industrial, el auge del capitalismo y la globalización neoliberal han generado un crecimiento material impresionante, pero a un coste ecológico y humano desmesurado.

Hoy asistimos a las consecuencias: calentamiento global acelerado, pérdida masiva de biodiversidad (se estima que estamos en la sexta extinción masiva), contaminación de océanos y suelos, escasez de agua dulce, desertificación y alteración de los ciclos biogeoquímicos. Según el informe Planetary Boundaries actualizado, hemos superado ya varios límites planetarios seguros.

El mito del progreso ignora sistemáticamente estas realidades. Nos hace creer que la tecnología siempre encontrará una solución (más eficiencia, energías renovables milagrosas, geoingeniería o colonización de Marte), sin cuestionar si el modelo mismo de crecimiento exponencial es compatible con un planeta finito.

Cuando el progreso deja de ser progreso

El problema no radica en el legítimo deseo humano de mejorar las condiciones de vida, sino en cómo hemos definido y perseguido ese “mejor”. Cuando el progreso se identifica casi exclusivamente con:

  • Crecimiento del PIB
  • Aumento del consumo material
  • Tecnificación de todos los ámbitos de la vida
  • Velocidad y eficiencia

...dejamos de preguntarnos si lo que ganamos justifica lo que perdemos.

Tenemos más coches, pero menos tranquilidad y más atascos. Más dispositivos electrónicos, pero menos tiempo de calidad y atención profunda. Más producción de alimentos, pero menos nutrientes y más obesidad. Más información, pero más desinformación y polarización. Más ciudades “inteligentes”, pero más soledad y desconexión de la naturaleza.

Hemos desarrollado una capacidad asombrosa para manipular el genoma y crear inteligencia artificial, pero hemos olvidado conocimientos ancestrales básicos: cómo cultivar un huerto sin químicos, cómo construir una casa con materiales locales, cómo resolver conflictos comunitarios sin depender del Estado o del mercado.

El progreso no es neutro. Es una elección cultural cargada de valores (individualismo, consumismo, dominio de la naturaleza) que tiene consecuencias materiales y espirituales muy concretas. En muchos aspectos, el “progreso” ha supuesto un proceso de empobrecimiento humano y ecológico simultáneo.

La trampa del desarrollismo y la ideología del crecimiento

El mito del progreso está estrechamente ligado al concepto de “desarrollo”. Desde la posguerra, especialmente tras el discurso de Truman en 1949, se clasificó a los países en “desarrollados” y “subdesarrollados”, estableciendo una única vía posible: seguir el modelo occidental de industrialización y consumo.

Esta visión ha generado enormes desigualdades. Mientras una minoría global consume recursos como si hubiera varios planetas, miles de millones de personas siguen viviendo en condiciones precarias. La brecha entre ricos y pobres no ha dejado de crecer en las últimas décadas, incluso en los países “desarrollados”.

Además, el crecimiento económico continuo requiere un consumo constante de energía y materiales. En un planeta con recursos limitados, esto solo es posible mediante la extracción intensiva y la externalización de costes (contaminación, pérdida de biodiversidad, cambio climático) hacia las generaciones futuras y los países del Sur global.

Hacia un nuevo relato: el progreso del “menos” y del “mejor”

Quizá no sea necesario rechazar completamente la idea de progreso, sino redefinirla radicalmente. En lugar de entenderlo como “más velocidad, más producción, más consumo y más tecnología”, podemos concebirlo como:

  • Más equidad y justicia social
  • Más autonomía local y resiliencia comunitaria
  • Más capacidad de vivir bien con menos recursos
  • Más cuidado de los ecosistemas y las personas
  • Más sabiduría y humildad ante los límites

Un progreso que no se mida principalmente en PIB, sino en indicadores de bienestar humano (felicidad, salud mental, relaciones comunitarias), salud ecológica y resiliencia ante crisis.

Este nuevo relato implica aceptar que en muchos aspectos debemos decrecer selectivamente: reducir el consumo de energía y materiales en los países ricos, relocalizar la producción de alimentos y bienes esenciales, recuperar saberes tradicionales y fomentar economías a escala humana.

Prácticas y alternativas concretas

La transición hacia este nuevo imaginario ya está en marcha en muchos lugares:

  • Movimientos de agroecología y soberanía alimentaria
  • Cooperativas de energía renovable a escala local
  • Proyectos de decrecimiento y simplicidad voluntaria
  • Recuperación de técnicas de construcción bioclimática
  • Redes de economía social y solidaria
  • Iniciativas de educación alternativa y reconexión con la naturaleza

Estos ejemplos demuestran que es posible vivir mejor con menos impacto ecológico y mayor satisfacción vital.

Cerrar el círculo: los límites como condición de libertad

El mito del progreso fue útil durante un tiempo para superar el miedo, la miseria y la opresión. Pero hoy nos encadena a una fantasía insostenible que amenaza el futuro de las generaciones venideras.

En lugar de seguir alimentándolo, necesitamos recuperar otros mitos más antiguos y sabios: los del equilibrio, el retorno, el respeto a los ciclos de la vida y la humildad ante la naturaleza. Mitos que nos recuerden que no hemos venido a dominar el mundo, sino a formar parte de él.

En definitiva, lo que necesitamos no es más aceleración, sino más conciencia. Más capacidad de poner límites saludables, de vivir con mesura y de recuperar lo esencial. Para ello, el primer paso es mirar de frente al mito del progreso, comprender sus orígenes y sus consecuencias, y tener el coraje de imaginar y construir un relato diferente.

Un relato donde el verdadero progreso sea aprender a vivir bien dentro de los límites de un planeta finito, cuidando de las personas y de la Tierra que nos sostiene.



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