La concienciación sobre los grandes retos de nuestro tiempo

Por miquel-tort ·

La concienciación sobre los grandes retos de nuestro tiempo —la crisis energética, el agotamiento de recursos, el cambio climático, la crisis de los cuidados, la pérdida de biodiversidad— es necesaria pero insuficiente. Reconocer el problema es el primer paso, pero el verdadero trabajo intelectual y práctico comienza cuando nos preguntamos qué tipo de mundo queremos construir en su lugar, y con qué herramientas conceptuales y materiales contamos para hacerlo. Este texto propone un marco para pensar esa tarea, articulado en torno a tres conceptos que, lejos de ser intercambiables o redundantes, se complementan y se necesitan mutuamente: sostenibilidad, resiliencia y humanidad. Tres palabras que en el debate público han sido a menudo vaciadas de contenido, y que conviene recuperar con precisión.

Sostenibilidad. Vivir dentro de los límites

El concepto de sostenibilidad ha sido tan utilizado —y tan instrumentalizado por el discurso corporativo y político dominante— que conviene recuperar su sentido original y su exigencia real. Una sociedad sostenible no es aquella que "crece de manera verde" ni la que compensa emisiones mientras mantiene intacto el modelo de producción y consumo. Es, en sentido estricto, aquella que opera dentro de los límites biofísicos del planeta: que no extrae recursos más rápido de lo que pueden regenerarse, ni genera residuos y contaminación más rápido de lo que los ecosistemas pueden absorber.

El marco de los límites planetarios, desarrollado por Johan Rockström y un equipo internacional de científicos a partir de 2009 y actualizado en sucesivas investigaciones, identifica nueve umbrales sistémicos que la actividad humana no debería sobrepasar sin comprometer la estabilidad del sistema Tierra tal como lo conocemos. Estos límites abarcan desde la concentración de CO₂ en la atmósfera hasta la tasa de extinción de especies, pasando por los ciclos del nitrógeno y el fósforo, la acidificación de los océanos o la integridad de la biosfera. La evidencia científica disponible indica que ya hemos cruzado varios de ellos, en algunos casos de manera significativa. No estamos ante un riesgo futuro: estamos ante una realidad presente.

La sostenibilidad, sin embargo, no puede reducirse a su dimensión ecológica sin perder algo esencial. Es también, y de manera inseparable, una cuestión de justicia: justicia intergeneracional, que obliga a no comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades —la célebre definición del informe Brundtland de 1987—; y justicia intrageneracional, que exige que los costes de la transición y los beneficios del acceso a los recursos se distribuyan de manera equitativa entre todos los seres humanos que habitamos el planeta ahora. Sin esta dimensión social, la sostenibilidad se convierte fácilmente en un privilegio de quienes ya tienen garantizado el acceso a los bienes esenciales, y en una nueva forma de desigualdad global.

Resiliencia. La capacidad de absorber, adaptarse y transformarse

La resiliencia es un concepto que proviene originalmente de la física —la capacidad de un material de recuperar su forma tras una deformación— y que las ciencias sociales y la ecología han reelaborado para describir algo más complejo: la capacidad de un sistema de absorber perturbaciones y reorganizarse, manteniendo esencialmente sus funciones, su estructura y su identidad, o bien transformándose de manera adaptativa cuando la perturbación supera cierto umbral.

En el contexto de las crisis convergentes que enfrentamos, construir resiliencia significa, en primer lugar, reducir la vulnerabilidad ante los shocks externos. Las últimas décadas de globalización han producido cadenas de suministro extraordinariamente eficientes en términos de coste, pero también extraordinariamente frágiles ante cualquier disrupción: la pandemia de 2020, la crisis energética de 2021-2022 o las tensiones geopolíticas recientes han evidenciado hasta qué punto nuestras sociedades dependen de redes logísticas globales que pueden interrumpirse con relativa facilidad. La eficiencia máxima y la resiliencia son, en muchos sentidos, objetivos contrapuestos: los sistemas más eficientes tienden a ser los menos capaces de absorber perturbaciones.

La respuesta no es el aislamiento ni el repliegue nacionalista, sino la relocalización inteligente: diversificar las fuentes de energía y alimentación, reducir la longitud de las cadenas de suministro en los sectores estratégicos, fomentar la producción local y regional donde sea posible, y construir capacidades de respuesta colectiva a escala de proximidad. Esto tiene implicaciones directas en la escala municipal y comarcal: la soberanía alimentaria, entendida no como autarquía sino como capacidad de decisión sobre el propio sistema alimentario, y la generación distribuida de energía renovable son dos vectores clave de esta estrategia.

La resiliencia también implica la recuperación de habilidades prácticas que la especialización económica ha ido erosionando: cultivar alimentos, conservarlos, reparar objetos, construir y mantener infraestructuras básicas. No se trata de romanticizar un pasado que no conviene idealizar, sino de reconocer que la dependencia absoluta de mercados globalizados para satisfacer las necesidades más básicas es una forma de vulnerabilidad estructural. Las comunidades que saben hacer cosas son comunidades más capaces de enfrentar la adversidad.

Y, sobre todo, la resiliencia es colectiva o no es. La investigación en gestión de desastres y en ecología social muestra consistentemente que las comunidades con redes densas de relaciones y de apoyo mutuo responden mejor ante las crisis que aquellas fragmentadas por el individualismo y la desconfianza. Fortalecer los vínculos comunitarios, las instituciones de gobernanza local y las redes de solidaridad no es un lujo: es una inversión en capacidad de respuesta ante un futuro más volátil e impredecible.

Humanidad. Poner la vida en el centro

El tercer eje es quizás el más político, en el sentido más profundo del término. Un modelo de vida humano es aquel que sitúa el bienestar de las personas —y de los vínculos relacionales y ecológicos que las sostienen— por encima de la lógica de la acumulación, la competitividad y el crecimiento material indefinido. Esta afirmación, que puede parecer obvia, tiene consecuencias radicales cuando se toma en serio.

Implica, en primer lugar, reconocer el valor económico y social del trabajo de cuidados: el conjunto de tareas —reproductivas, domésticas, relacionales, sanitarias, educativas— que garantizan la continuidad de la vida y que han sido históricamente invisibilizadas, infravaloradas y asignadas de manera desproporcionada a las mujeres. La economía feminista ha documentado extensamente cómo el sistema económico dominante se sustenta en este trabajo no remunerado o mal remunerado, externalizando sus costes y apropiándose de sus beneficios. Una economía realmente humana tendría que poner los cuidados en el centro de su contabilidad y de sus prioridades.

Implica también cuestionar la centralidad del empleo remunerado como organizador del tiempo, el sentido y la identidad social. En las sociedades industriales avanzadas, la vida se ha estructurado en torno al trabajo productivo de una manera que ha colonizado el tiempo libre, ha debilitado los vínculos comunitarios y ha generado formas de estrés crónico con consecuencias sanitarias bien documentadas. Recuperar tiempo para la vida relacional, el ocio no mercantilizado, la participación comunitaria y el crecimiento personal no es una propuesta hedonista: es una condición para el florecimiento humano.

Desde el marco del decrecimiento —o degrowth, en la literatura académica anglosajona y francesa donde el debate teórico es más maduro— esta reorientación no representa un retroceso sino una ganancia cualitativa. Autores como Giorgos Kallis, Jason Hickel, Timothée Parrique o Serge Latouche han argumentado, desde perspectivas diversas, que el bienestar humano no depende linealmente del consumo material una vez cubiertas las necesidades básicas; más allá de cierto umbral, más producción y más consumo no generan más bienestar, sino más externalidades negativas, más desigualdad y más destrucción ecológica. La propuesta no es empobrecer a nadie, sino redistribuir la riqueza existente, reducir la producción superflua y orientar la actividad económica hacia lo que realmente importa: salud, relaciones, autonomía, sentido.

Un marco integrado para la acción en distintas escalas

Estas tres dimensiones —sostenibilidad, resiliencia y humanidad— no son categorías analíticas independientes: se articulan en un marco integrado que orienta tanto el diagnóstico como la acción. Y esa acción necesariamente opera en distintas escalas, que se refuerzan mutuamente.

A escala individual, la reducción voluntaria del consumo, la adopción de hábitos más sobrios y la adquisición de habilidades prácticas son puntos de partida válidos, aunque insuficientes si se quedan en el ámbito de la elección personal desconectada de lo colectivo. A escala comunitaria, los huertos compartidos, las cooperativas de energía renovable, los grupos de consumo local, las monedas complementarias, los bancos de tiempo y las redes de cuidados son experimentos concretos de otro modelo económico y social, que ya funcionan en muchos territorios y que merecen más atención, más recursos y más reconocimiento institucional. A escala política, la exigencia de marcos regulatorios que internalicen los costes ecológicos y sociales reales, que redirijan el gasto público hacia la transición justa, que garanticen servicios públicos universales y que pongan límites democráticos a la acumulación privada es imprescindible: sin cambios estructurales, las iniciativas individuales y comunitarias seguirán siendo islas en un océano hostil.

Ninguna de estas escalas es suficiente por sí sola, y la tentación de absolutizar una en detrimento de las otras —ya sea el individualismo del "cambia tú primero", el comunitarismo que renuncia a lo político, o el institucionalismo que espera la transformación desde arriba— conduce a callejones sin salida. La transformación que necesitamos es sistémica y multiescalar, y requiere articular lo personal, lo comunitario y lo institucional en una estrategia coherente.

Construir alternativas no es una opción entre otras: es la respuesta intelectualmente honesta y prácticamente necesaria a un diagnóstico que la evidencia científica y la experiencia cotidiana ya no nos permiten ignorar. Este espacio nace con el propósito de contribuir, con rigor y compromiso, a esa tarea colectiva: explorar los marcos conceptuales, documentar las experiencias concretas y sostener el debate que necesitamos para avanzar..

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