By miquel-tort ·

La urgencia de cambiar el rumbo

La gran encrucijada

Nuestro mundo se encuentra en una encrucijada crítica, posiblemente la más decisiva desde que nuestra especie comenzó a caminar sobre la Tierra. El modelo de sociedad que hemos construido durante los últimos dos siglos, basado en el crecimiento económico ilimitado, la explotación desenfrenada de los recursos naturales y una fe casi religiosa en el progreso técnico, nos ha conducido directamente a una situación insostenible. No se trata de una advertencia lejana ni de una predicción apocalíptica sin fundamento: los datos empíricos, los informes científicos y la realidad cotidiana de millones de personas en todos los continentes confirman que hemos entrado en una fase de crisis múltiple, sistémica y profunda.

Como señala con claridad meridiana el activista, investigador y referente del decrecimiento Luis González Reyes, nos enfrentamos a cinco grandes retos interconectados que marcan un punto de quiebre histórico en la trayectoria de nuestra civilización. Estos cinco frentes —energético, material, climático, social (cuidados) y ecológico (biodiversidad)— no son problemas aislados que puedan resolverse por separado con parches tecnológicos o ajustes de mercado. Son las manifestaciones de una misma raíz enferma: un sistema económico y cultural que ha antepuesto la acumulación de capital, el beneficio privado y el consumo material al mantenimiento de las condiciones que hacen posible la vida en el planeta.

Hoy quiero hablar de por qué es urgente cambiar el rumbo, no como un ejercicio teórico sino como una necesidad práctica de supervivencia. Quiero explorar con honestidad qué puede ocurrir si no actuamos, desmontando los relatos triunfalistas de quienes aún creen que el crecimiento verde o la geoingeniería nos salvarán sin cambiar nada esencial. Y quiero, sobre todo, ofrecer un mapa —realista, esperanzado pero no ingenuo— de cómo podemos empezar a actuar, aquí y ahora, desde lo cotidiano y lo comunitario, para construir alternativas que no solo mitiguen los daños, sino que nos permitan vivir mejor con menos.

Este texto nace de la urgencia, pero también de la convicción de que aún estamos a tiempo de evitar los peores escenarios si actuamos colectivamente. No desde arriba, porque las élites políticas y económicas han demostrado sobradamente su incapacidad o su falta de voluntad para anteponer el bien común a sus intereses. El cambio comenzará desde abajo, desde nuestras calles, nuestros barrios, nuestras comunidades. Y para eso necesitamos entender la magnitud del desafío y las herramientas a nuestro alcance.

Cómo llegamos hasta aquí

Para comprender por qué no podemos esperar más, es necesario hacer un breve pero indispensable recorrido histórico. La civilización industrial, nacida en el siglo XVIII con la máquina de vapor y el carbón, representó una ruptura radical con todas las formas anteriores de organización social. Durante milenios, las sociedades humanas habían vivido dentro de los límites impuestos por la energía solar disponible —a través de la fotosíntesis, la biomasa, el viento y el agua— y por la capacidad de regeneración de los ecosistemas. El crecimiento era posible, pero estaba acotado por esos límites naturales.

La combustión de carbón, y posteriormente de petróleo y gas natural, cambió por completo esta ecuación. Por primera vez, la humanidad tuvo acceso a cantidades masivas de energía almacenada durante cientos de millones de años bajo la superficie terrestre. Este "regalo extraordinario", como lo denominó el historiador E. A. Wrigley, permitió multiplicar la productividad del trabajo humano por factores nunca vistos. Un solo barril de petróleo contiene la energía equivalente a aproximadamente cinco años de trabajo humano intensivo. Pensémoslo: cada día consumimos globalmente alrededor de 100 millones de barriles de petróleo. Eso es el equivalente energético al trabajo de 500 millones de personas durante un año, cada día.

Con esta energía barata y abundante construimos carreteras, ciudades, fábricas, cadenas globales de suministro, una agricultura industrializada capaz de alimentar a 8.000 millones de personas, sistemas de transporte masivo, internet, la carrera espacial y la sociedad de consumo. También construimos, sin querer verlo, los cimientos de nuestro propio colapso. Los combustibles fósiles no solo son finitos —se agotan porque su formación geológica requiere millones de años— sino que su quema libera a la atmósfera carbono que había estado secuestrado, alterando el clima global. Además, la lógica del crecimiento perpetuo, necesaria para que el capitalismo financiero no colapse, nos ha llevado a extraer y transformar materiales a un ritmo que excede con creces la capacidad de regeneración del planeta.

El resultado es nuestra situación actual: hemos crecido durante dos siglos gracias a una fuente de energía que se acaba, hemos externalizado los costes ambientales y sociales a las generaciones futuras y a los países más vulnerables, y hemos creado un sistema económico que no puede funcionar sin expandirse continuamente sobre un planeta finito. Es la contradicción fundamental de nuestro tiempo: crecimiento infinito en un mundo limitado. Y la historia nos enseña que cuando una civilización supera los límites de su base de recursos, colapsa. No por cataclismo externo, sino por agotamiento interno.

Los cinco grandes retos

A continuación, desarrollaremos en profundidad cada uno de los cinco grandes retos identificados por Luis González Reyes y otros pensadores del decrecimiento y la ecología social. No son amenazas hipotéticas; son procesos ya en marcha que podemos medir, sentir y documentar.

1. El fin de la energía abundante, versátil y barata

Durante más de un siglo hemos construido cada aspecto de nuestra sociedad sobre la base de los combustibles fósiles. No exageramos al decir que el petróleo, el carbón y el gas natural son el verdadero fundamento de la globalización, la movilidad masiva, la producción de alimentos y la vida urbana tal como la conocemos. Pero esta era se acaba, no porque "se vaya a acabar el petróleo mañana" —hay reservas para décadas si seguimos extrayendo— sino porque la energía neta que obtenemos de esas extracciones está disminuyendo de forma irreversible.

El concepto clave aquí es el retorno energético sobre la inversión energética (Tasa de Retorno Energético, o EROI por sus siglas en inglés). En los albores de la industria petrolera, en el siglo XIX y principios del XX, por cada barril de energía invertido en extraer petróleo se obtenían entre 50 y 100 barriles. Era energía prácticamente gratis en términos de coste energético. Hoy, la media global ronda entre 10 y 15 barriles por barril invertido, y en muchas explotaciones marginales —fracking, arenas bituminosas, aguas ultraprofundas— la tasa cae a 3, 5 o incluso menos. Cuando el EROI cae por debajo de 5 o 7, una sociedad industrial compleja como la nuestra comienza a tener problemas para mantenerse. Cuando cae por debajo de 3, la extracción deja de ser netamente positiva: consumes casi tanta energía como la que obtienes.

El pico del petróleo convencional —el momento en que se alcanza la máxima tasa de extracción y a partir del cual comienza el declive inexorable— se superó globalmente alrededor de 2006-2008, según la mayoría de los análisis rigurosos (incluidos los de la propia Agencia Internacional de la Energía, aunque inicialmente lo ocultaron). Lo que hemos visto desde entonces son aumentos puntuales de producción gracias al fracking en Estados Unidos y a la extracción en aguas profundas, pero a un coste energético, económico y ambiental mucho mayor. El declive del petróleo barato ya está aquí, y el del gas natural y el carbón no tardará en seguirles, aunque con calendarios diferentes.

¿Qué significa esto en la práctica? Significa que la energía dejará de ser abundante y barata para convertirse en un bien escaso y caro. Significa que todos los sectores que dependen del transporte de larga distancia —alimentos, ropa, electrónica, materiales de construcción— verán incrementados sus costes de forma estructural, no coyuntural. Significa que la agricultura industrial, que consume entre 7 y 10 calorías fósiles por cada caloría alimentaria que produce, se volverá inviable. Significa que nuestras ciudades dispersas, diseñadas para el coche privado y la dependencia de camiones para cada suministro, se enfrentarán a enormes dificultades logísticas.

Si no hacemos una transición planificada, consciente y colectiva hacia un modelo de baja energía —no solo energías renovables, sino también y sobre todo reducción drástica del consumo energético— nos enfrentaremos a una crisis económica profunda, al desabastecimiento de bienes esenciales y a tensiones sociales extremas. Las energías renovables, por supuesto, forman parte de la solución, pero no pueden sustituir al petróleo en su totalidad porque su densidad energética es mucho menor, su intermitencia plantea desafíos de almacenamiento y su fabricación requiere precisamente los combustibles fósiles que pretendemos abandonar. La transición energética verdadera no es un simple cambio de fuentes; es un cambio de modo de vida.

2. El agotamiento de materiales esenciales

El segundo gran reto, menos conocido pero igualmente crítico, es la creciente escasez de materiales clave que sustentan nuestra tecnología y nuestra vida cotidiana. Muchos de los elementos que usamos a diario —y sin los cuales no funcionarían nuestros teléfonos, ordenadores, baterías, paneles solares, turbinas eólicas, coches eléctricos o sistemas médicos— son finitos y están distribuidos de manera desigual en la corteza terrestre. Su extracción masiva no solo provoca escasez futura, sino que ya está causando impactos ambientales irreversibles y conflictos geopolíticos sangrientos.

Hablemos de algunos ejemplos concretos. El cobalto, indispensable para las baterías de los coches eléctricos y los dispositivos móviles, se extrae mayoritariamente en la República Democrática del Congo en condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud, incluyendo a niños. El litio, también crucial para las baterías, se concentra en el "triángulo del litio" de Argentina, Bolivia y Chile, donde su extracción consume enormes cantidades de agua en regiones ya áridas y genera conflictos con las comunidades indígenas. Los tierras raras (neodimio, disprosio, praseodimio, etc.) son imprescindibles para los imanes de alta potencia de las turbinas eólicas, los motores eléctricos y muchos dispositivos electrónicos; su refinamiento es extremadamente contaminante y está dominado por China. El indio y el galio, utilizados en pantallas táctiles y células solares de capa fina, existen en concentraciones tan bajas que su extracción es casi testimonial.

Pero hay un material aún más sorprendente y cuya escasez amenaza directamente la construcción de nuestras ciudades: la arena. Sí, la arena común, ese recurso que parece ilimitado. La arena que utilizamos para fabricar hormigón, asfalto, vidrio y chips de silicio no es cualquier arena. Necesitamos arena con granos angulares, no la arena redondeada del desierto (que es inútil para la construcción), sino la de lechos de ríos, playas y fondos marinos. Su extracción se ha triplicado en las últimas dos décadas, y ya estamos extrayendo más arena de la que la naturaleza puede reponer. Esto provoca el colapso de deltas, la desaparición de playas enteras, la salinización de acuíferos y la destrucción de ecosistemas fluviales. Hay mafias de la arena en India, Marruecos, Vietnam y otros países, con asesinatos de periodistas y activistas que denuncian la extracción ilegal.

El problema de fondo es que nuestra civilización industrial se ha construido sobre una lógica lineal y extractivista: extraemos materiales de la corteza terrestre, los transformamos en productos, los usamos durante un tiempo relativamente breve y luego los desechamos en vertederos o incineradoras. Esta "economía de usar y tirar" es imposible en un planeta finito. La única alternativa viable es una transición hacia una economía circular y regenerativa donde los materiales se diseñen desde el origen para ser reparados, reutilizados, remanufacturados y finalmente reciclados sin pérdida de calidad. Pero esto no es solo una cuestión técnica; es una cuestión de principios. Una economía circular verdadera implica producir mucho menos, producir para durar, y abandonar la obsolescencia programada y percibida que impulsa el consumo masivo.

Es urgente, por tanto, repensar desde la raíz cómo diseñamos, producimos y distribuimos nuestros productos. La modularidad, la reparabilidad, la estandarización de componentes, el fin de los adhesivos que imposibilitan el desmontaje, la prohibición de las actualizaciones forzadas... todo ello son medidas concretas que pueden adoptarse desde la regulación política y desde la presión ciudadana.

3. El cambio climático y sus consecuencias devastadoras

De los cinco grandes retos, el cambio climático es sin duda el más conocido mediáticamente, aunque no necesariamente el más comprendido en toda su magnitud. El aumento de las temperaturas medias globales, la subida del nivel del mar, el deshielo acelerado de los casquetes polares y los glaciares, la acidificación de los océanos y la creciente frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos —olas de calor, sequías prolongadas, inundaciones catastróficas, huracanes más potentes, incendios forestales fuera de control— son señales inequívocas de que el cambio climático no es una amenaza futura: ya está aquí, ya estamos sufriendo sus consecuencias, y se está acelerando más rápido de lo que los modelos más pesimistas preveían hace solo una década.

La ciencia es clara y contundente. El Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), publicado en partes entre 2021 y 2023, concluye con "confianza muy alta" que la influencia humana ha calentado la atmósfera, los océanos y la superficie terrestre. La temperatura global ya ha aumentado aproximadamente 1,2 °C respecto a los niveles preindustriales (1850-1900). Cada fracción de grado adicional incrementa exponencialmente los riesgos. El Acuerdo de París (2015) fijó como objetivo limitar el calentamiento a 1,5 °C, pero los compromisos actuales de reducción de emisiones nos llevan a un calentamiento de entre 2,7 °C y 3,1 °C a finales de siglo, con consecuencias catastróficas.

¿Qué significan en la práctica 1,5 °C, 2 °C o 3 °C? A 1,5 °C, se estima que desaparecerán entre el 70% y el 90% de los arrecifes de coral del mundo, incluyendo la Gran Barrera de Coral australiana. A 2 °C, desaparecerán prácticamente todos. A 1,5 °C, el nivel del mar subirá entre 0,4 y 0,8 metros a finales de siglo, afectando a 200 millones de personas que viven en zonas costeras bajas. A 2 °C, la subida será de hasta 1 metro adicional, y se sumarán muchos más millones de desplazados. A 1,5 °C, las olas de calor que antes ocurrían cada 50 años en el Mediterráneo ocurrirán cada 10 años; a 2 °C, cada 2 o 3 años. Las pérdidas de cosechas de maíz, trigo y arroz —los tres cultivos básicos de la humanidad— serán significativamente mayores a 2 °C que a 1,5 °C.

Pero lo más preocupante son los llamados puntos de inflexión (tipping points), umbrales que, una vez superados, desencadenan procesos de retroalimentación positiva que aceleran el calentamiento independientemente de lo que haga la humanidad después. Ejemplos de estos puntos de inflexión son:

  1. El colapso de la capa de hielo de Groenlandia (entre 1,5 y 2 °C), que añadiría 7 metros de subida del nivel del mar a lo largo de siglos.
  2. El colapso de la capa de hielo de la Antártida Occidental (similar), con otros 3-4 metros de subida adicional.
  3. El deshielo del permafrost (suelo permanentemente congelado) en Siberia y Canadá, que contiene el doble de carbono que toda la atmósfera actual; su descomposición liberaría ingentes cantidades de metano y CO₂.
  4. El cese de la corriente termohalina atlántica (incluyendo la corriente del Golfo), que moderaría drásticamente el clima de Europa y alteraría los patrones de lluvia globales.
  5. La muerte generalizada de la selva amazónica, que pasaría de ser un sumidero de carbono a una fuente neta de emisiones.
  6. El debilitamiento de los sumideros de carbono terrestres y oceánicos, que actualmente absorben aproximadamente la mitad del CO₂ que emitimos.

Si cruzamos suficientes de estos umbrales —algo que muchos científicos consideran probable entre 2 y 3 °C— entraremos en un estado de "Tierra invernadero" (Hothouse Earth) en el que el clima global se estabilizará en un nuevo equilibrio mucho más cálido, con niveles del mar decenas de metros más altos y una enorme reducción de las zonas habitables para los humanos.

Por eso es tan urgente reducir drástica y rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero. No estamos hablando de "ralentizar el cambio climático" o "adaptarnos gradualmente". Estamos hablando de evitar desencadenar procesos irreversibles que harían imposible la vida organizada tal como la conocemos. La ventana de oportunidad se cierra rápidamente. El IPCC ha sido claro: para tener una probabilidad razonable de mantenernos en 1,5 °C, las emisiones globales deben reducirse en un 45% para 2030 respecto a 2010, y alcanzar el cero neto para 2050. Y a 2024-2025, estamos yendo en la dirección contraria: las emisiones siguen aumentando, aunque a un ritmo ligeramente menor.

4. La crisis de los cuidados

El cuarto gran reto es quizás el menos visible en los análisis convencionales, pero desde una perspectiva ecofeminista y de sostenibilidad de la vida es absolutamente central. Nuestro modelo económico dominante ha descuidado sistemáticamente las bases materiales y relacionales que hacen posible la vida humana: la alimentación, el acceso al agua potable, la vivienda digna, la salud, la educación y, sobre todo, los cuidados.

¿Qué entendemos por cuidados? El trabajo de cuidados —mayoritariamente no remunerado y realizado por mujeres— incluye todo aquello que mantiene, continúa y repara nuestro mundo para que podamos vivir en él lo mejor posible. Eso abarca: cuidar a niños y niñas, a personas mayores, a enfermos y dependientes; preparar alimentos; limpiar y mantener los hogares; acompañar emocionalmente; mantener los lazos familiares y comunitarios; y, en un sentido más amplio, todo el trabajo reproductivo que sostiene la vida día tras día.

La economía feminista ha documentado que este trabajo de cuidados, si se valorara en términos monetarios, equivaldría a entre el 10% y el 15% del PIB mundial (según la OIT), pero en realidad su valor es incalculable porque sin él el resto de la economía simplemente no podría funcionar. Sin embargo, el sistema capitalista no reconoce este trabajo como "productivo" porque no genera plusvalía directamente. Se asume que las mujeres lo harán gratis por amor, o que se puede comprar en el mercado a bajo precio (frecuentemente a otras mujeres migrantes y precarizadas). Y cuando el trabajo de cuidados se externaliza al estado (guarderías, residencias, servicios sociales), suele ser el primer sector en sufrir recortes.

La crisis de los cuidados se ha ido agravando por varios factores convergentes. Por un lado, la incorporación masiva de las mujeres al trabajo remunerado no ha ido acompañada de una asunción paritaria de las responsabilidades domésticas y de cuidados por parte de los hombres. El resultado es la "doble jornada" o "triple jornada" (trabajo remunerado + cuidados + gestión doméstica) que sufren millones de mujeres, con las consiguientes consecuencias para su salud física y mental. Por otro lado, las políticas de austeridad y recortes del estado del bienestar han reducido los servicios públicos de cuidados, transfiriendo esa carga nuevamente a las familias, y dentro de ellas a las mujeres. Además, los cambios demográficos (envejecimiento poblacional, reducción de la familia extensa, mayor movilidad geográfica) han creado un "déficit de cuidados": cada vez hay más personas que necesitan cuidados y menos personas disponibles para proporcionarlos de manera no remunerada.

La pandemia de COVID-19 puso en evidencia esta crisis de forma brutal. De repente, el trabajo de cuidados —siempre invisible— se volvió esencial: quienes cuidaban a enfermos, a niños, a mayores, quienes limpiaban los hospitales y los hogares, quienes reponían los supermercados... eran mayoritariamente mujeres, y fueron quienes sufrieron las peores condiciones laborales y el mayor desgaste emocional. Pero una vez pasada la emergencia sanitaria, rápidamente se volvió a invisibilizar.

La falta de apoyo a quienes cuidan —ya sean familiares, profesionales o redes comunitarias— pone en riesgo el bienestar colectivo a corto, medio y largo plazo. Sin cuidados, literalmente morimos (los recién nacidos, los enfermos, los mayores dependientes). Con cuidados insuficientes o mal distribuidos, la calidad de vida se deteriora, las desigualdades se profundizan y el tejido social se erosiona. Por eso, desde el decrecimiento y las perspectivas ecofeministas, se insiste en que debemos priorizar los cuidados como pilar fundamental de la sociedad, no como un apéndice secundario de la economía.

¿Qué implicaciones prácticas tiene esto? Exige repensar el tiempo de trabajo remunerado para liberar tiempo para los cuidados (reducción de jornada laboral, reparto equitativo de las tareas domésticas). Exige fortalecer los sistemas públicos de cuidados (sanidad universal, educación de 0 a 3 años, atención a la dependencia, residencias públicas de calidad). Exige reconocer y remunerar dignamente a las profesionales del cuidado (limpiadoras, auxiliares de enfermería, trabajadoras de geriatría, cuidadoras a domicilio). Exige diseñar ciudades y viviendas que favorezcan la vida comunitaria y la proximidad. Y exige, sobre todo, un cambio cultural profundo que valore el cuidado como una actividad central de la experiencia humana, no como un lastre o una cuestión "femenina" menor.

5. La pérdida masiva de biodiversidad

El quinto gran reto, tan grave como el cambio climático aunque a menudo se trata por separado, es la pérdida acelerada y masiva de la diversidad biológica del planeta. Estamos asistiendo a lo que muchos científicos denominan la sexta gran extinción —la primera causada por una sola especie, la nuestra— con tasas de desaparición de especies que son entre 100 y 1.000 veces superiores a las tasas naturales de fondo.

La biodiversidad no es un lujo estético ni un catálogo de especies exóticas; es la trama viva que sostiene el funcionamiento de los ecosistemas y, por tanto, la supervivencia humana. Los servicios ecosistémicos que dependen de la biodiversidad son innumerables y esenciales: la polinización de cultivos (realizada por insectos, aves y murciélagos, con un valor económico global estimado en más de 500.000 millones de dólares anuales); la formación y fertilidad de los suelos; la regulación del clima y los ciclos hidrológicos; la purificación del aire y el agua; la provisión de medicinas (aproximadamente el 40% de los fármacos modernos tienen origen natural); la protección contra tormentas e inundaciones (manglares, arrecifes de coral, humedales); la resiliencia de los ecosistemas frente a perturbaciones; y el valor cultural, espiritual y recreativo de la naturaleza.

La Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) publicó en 2019 un informe histórico que sintetiza el estado de la naturaleza. Las conclusiones son devastadoras: alrededor de 1 millón de especies animales y vegetales (de un total estimado de 8 millones) están actualmente amenazadas de extinción, muchas de ellas en las próximas décadas. La biomasa de mamíferos salvajes se ha reducido en un 85% desde el inicio de la civilización humana; la de insectos, en un 40-50% en las últimas décadas (el llamado "efecto parabrisas", que los conductores mayores notan: antes había que limpiar el parabrisas tras cada viaje; ahora apenas hay insectos). Las poblaciones de vertebrados se han reducido de media en un 68% entre 1970 y 2016, según el Índice Planeta Vivo de WWF.

Las causas directas de esta pérdida de biodiversidad son bien conocidas: la destrucción y fragmentación de hábitats (principalmente por la expansión agrícola y ganadera, la urbanización y las infraestructuras de transporte); la sobreexplotación directa (sobrepesca, caza furtiva, tala ilegal); la contaminación (plásticos, pesticidas, metales pesados, nitrógeno reactivo); la introducción de especies exóticas invasoras; y, cada vez más, el cambio climático que modifica los rangos de temperatura y precipitación más rápido de lo que muchas especies pueden adaptarse o migrar.

Un caso emblemático es el de los insectos, que constituyen la base de muchas redes tróficas. Diversos estudios han documentado caídas drásticas: en Alemania, la biomasa de insectos voladores en áreas protegidas se redujo en un 75% en 27 años; en Puerto Rico, la biomasa de artrópodos en la selva tropical se redujo entre un 40% y un 60% en 35 años, con caídas correlacionadas de lagartijas, ranas y aves insectívoras. La desaparición de insectos polinizadores, en particular abejas y mariposas, amenaza directamente la producción agrícola: el 75% de los cultivos alimentarios globales dependen al menos parcialmente de la polinización animal.

La pérdida de biodiversidad no ocurre en el vacío; interactúa y se retroalimenta con los otros grandes retos. El cambio climático exacerba la pérdida de hábitats; la deforestación libera carbono y acelera el calentamiento; el agotamiento de los suelos reduce su capacidad de retener agua y carbono; la pérdida de polinizadores reduce la producción de alimentos; y todo ello golpea más duramente a las comunidades más pobres y vulnerables, que dependen directamente de los ecosistemas para su subsistencia.

Interconexión sistémica de los cinco retos

Uno de los errores más frecuentes en el análisis de la crisis civilizatoria es tratar estos cinco problemas como compartimentos estancos, cada uno con su especialista, su conferencia internacional, sus metas negociadas y sus soluciones tecnológicas específicas. Pero en realidad, los cinco grandes retos están profundamente interconectados y se refuerzan mutuamente formando un sistema de retroalimentación que puede volverse incontrolable.

Pongamos un ejemplo concreto. El cambio climático (reto 3) provoca sequías más intensas y frecuentes en regiones como el Amazonas. Esto reduce la capacidad de los árboles de absorber agua y nutrientes, debilitándolos y haciéndolos más vulnerables a los incendios. Los incendios, además de liberar enormes cantidades de CO₂ (que acelera aún más el cambio climático), destruyen el hábitat de miles de especies, contribuyendo a la pérdida de biodiversidad (reto 5). La pérdida de biodiversidad en la Amazonia incluye, entre muchos otros organismos, a los polinizadores de plantas silvestres y cultivadas, lo que afecta la producción de alimentos para las comunidades locales y para los mercados globales (crisis de cuidados en sentido amplio, reto 4). Además, la extracción de minerales para construir paneles solares y turbinas eólicas —necesarios para la transición energética— requiere metales raros (reto 2) y energía (reto 1), y frecuentemente se realiza en regiones amazónicas, agravando la deforestación y el conflicto con pueblos indígenas.

Otro ejemplo. El pico del petróleo y el declive energético (reto 1) encarecerán el transporte de alimentos, fertilizantes y medicinas. La agricultura industrial, dependiente de inputs fósiles, se volverá menos rentable, lo que puede llevar al abandono de tierras o, por el contrario, a una explotación aún más intensiva de las más fértiles. Esto afecta la biodiversidad de los agroecosistemas (reto 5) y la disponibilidad de alimentos nutritivos para la población (reto 4). La escasez de energía también dificultará la extracción y reciclaje de materiales (reto 2), atrapándonos en una espiral descendente.

Esta perspectiva sistémica nos muestra que no es posible resolver un solo reto sin abordar los demás. No habrá transición energética justa sin una reducción drástica del consumo de materiales (decrecimiento). No habrá protección efectiva de la biodiversidad sin abandonar la expansión de la frontera agrícola para biocombustibles o ganadería extensiva. No habrá una solución a la crisis de los cuidados sin una redistribución radical del trabajo y una revalorización de lo reproductivo sobre lo productivo. Y todo ello requiere un cambio de paradigma económico que supere el dogma del crecimiento perpetuo.

Escenarios de futuro: ¿Qué puede pasar si no actuamos?

Llegados a este punto, es necesario ser honestos y realistas sobre las consecuencias de nuestra inacción colectiva. No se trata de caer en el catastrofismo paralizante, sino de mirar de frente la magnitud del desafío para encontrar la determinación de actuar. Si seguimos por el camino actual —como sociedad global, porque ya hay comunidades e individuos que han elegido otro rumbo— nos enfrentaremos a escenarios que transformarán radicalmente nuestra forma de vivir en plazos de una o dos décadas, no de siglos.

Crisis energética y económica

La escasez creciente de combustibles fósiles baratos disparará los precios de la energía en todos los sectores. Ya hemos visto auges y caídas del precio del petróleo, pero la tendencia estructural es al alza con fuertes oscilaciones. Cada pico de precios provocará recesiones económicas (como en 2008, precedido por el pico de petróleo de 2006-2007), y cada recesión reducirá la demanda y bajará temporalmente los precios, creando una falsa sensación de alivio. Pero el siguiente ciclo será peor, porque la base de extracción neta será menor.

Los sectores más dependientes del transporte —automoción, logística, turismo de larga distancia, agricultura comercial— serán los primeros en resentirse. Esperemos quiebras masivas de aerolíneas, crisis del transporte por carretera y una reconfiguración forzada de las cadenas globales de suministro hacia la producción local y regional. Esto no es necesariamente malo a largo plazo —la globalización ha sido siempre un espejismo energético— pero la transición no planificada será brutal: desabastecimiento puntual de medicamentos, repuestos industriales, componentes electrónicos o incluso alimentos fuera de temporada.

El desempleo aumentará significativamente, especialmente en sectores intensivos en energía y en trabajos de baja cualificación. Al mismo tiempo, la inflación de los bienes básicos (energía, alimentos, vivienda) erosionará el poder adquisitivo de los salarios y las pensiones. La pobreza energética —ya presente en millones de hogares, que no pueden permitirse calefacción o refrigeración adecuadas— se generalizará. Los gobiernos se verán atrapados entre la necesidad de mantener el suministro de servicios básicos y la incapacidad de subsidiar indefinidamente un sistema ineficiente.

Cambio climático irreversible

Incluso si redujéramos drásticamente las emisiones hoy mismo, el calentamiento ya acumulado nos acompañará durante siglos debido a la inercia térmica de los océanos. Pero como no estamos reduciendo las emisiones, sino aumentándolas lentamente, nos dirigimos hacia escenarios de entre 2,5 y 3,5 °C a finales de siglo, con impactos que se acelerarán a partir de 2040-2050.

Los fenómenos meteorológicos extremos, que hoy ya son noticia recurrente, se volverán la norma. Cada verano traerá olas de calor de récord en el Mediterráneo, el Medio Oriente, el sur de Asia y partes de América del Norte, con temperaturas superiores a 50 °C que harán inviable la vida al aire libre durante semanas. Las muertes por golpe de calor, que ya se cuentan por decenas de miles en Europa en veranos excepcionales como 2003 o 2022, se multiplicarán. Las cosechas se perderán por sequías e incendios; regiones enteras productoras de cereales en el centro de Europa, Ucrania, el medio oeste estadounidense y el norte de China sufrirán rendimientos reducidos de manera sistemática.

Las zonas costeras densamente pobladas —Bangladesh, el delta del Nilo, Venecia, Shanghái, Bangkok, Manhattan, los Países Bajos— se enfrentarán a inundaciones cada vez más frecuentes incluso antes de que el nivel del mar suba significativamente, debido al aumento de tormentas y marejadas ciclónicas. Las migraciones climáticas, ya en curso, se convertirán en desplazamientos masivos. El Banco Mundial estima que para 2050 podría haber más de 140 millones de migrantes climáticos solo en tres regiones (África subsahariana, Asia meridional y América Latina). Otras fuentes elevan la cifra a 1.000 millones a finales de siglo. Estos movimientos de población generarán tensiones sociales, conflictos por recursos (agua, tierra, energía) y presiones migratorias que los estados nacionales, ya debilitados, no podrán gestionar sin recurrir a la represión o al cierre de fronteras.

Colapso social

El término "colapso social" suena apocalíptico, pero tiene un significado preciso en la teoría de sistemas: es una pérdida rápida, significativa y duradera de la complejidad social, que incluye el debilitamiento del estado de derecho, la fragmentación de las cadenas de suministro, la ruptura de las instituciones básicas (sanidad, educación, servicios sociales), el aumento de la violencia y la reducción de la población. No es el fin del mundo, pero sí el fin de nuestro mundo tal como lo conocemos.

El colapso no ocurre por un solo factor, sino por la confluencia sinérgica de múltiples crisis. La escasez energética encarece el transporte de alimentos y medicinas, lo que provoca desnutrición y brotes de enfermedades prevenibles. El cambio climático destruye cosechas y fuentes de agua, lo que obliga a las personas a desplazarse. La pérdida de biodiversidad reduce las opciones de subsistencia de comunidades rurales. El debilitamiento de los cuidados —porque el sistema sanitario colapsa, porque los profesionales huyen a zonas más seguras o porque se desintegran las redes familiares— deja a ancianos, enfermos y niños sin atención. Y todo ello ocurre mientras los gobiernos, desbordados y sin recursos, pierden legitimidad y son sustituidos por formas de poder local, a menudo violentas.

Los más vulnerables —personas mayores que viven solas, familias monoparentales, personas sin hogar, migrantes sin papeles, personas con discapacidad, comunidades indígenas desplazadas— serán los primeros en caer. Las desigualdades preexistentes se multiplicarán; los ricos podrán comprar seguridad privada, generadores, suministros almacenados y acceso a atención médica privada, mientras la mayoría luchará por sobrevivir. La solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua —valores profundamente humanos— también surgirán con fuerza, pero no podrán compensar completamente el derrumbe de las estructuras estatales y de mercado.

Colapso ecológico

Más allá de lo que nos ocurra directamente a los humanos, el colapso ecológico en curso significa la pérdida irreversible de ecosistemas enteros y de las funciones que cumplen. Muchas de las especies que se extinguirán no las conocíamos ni sabíamos que existían; sus desapariciones serán silenciosas, sin documentación, pero dejarán agujeros en la red de la vida cuyas consecuencias no podemos prever.

La reducción de la biodiversidad no es lineal: cuando se cruzan ciertos umbrales, los ecosistemas pueden colapsar de forma abrupta y pasar a un estado alternativo menos diverso y menos productivo. Ejemplos documentados: los arrecifes de coral que pasan a ser dominados por algas; los bosques tropicales que se convierten en sabanas; los lagos de agua dulce que se eutrofizan y se llenan de cianobacterias tóxicas; las praderas marinas que desaparecen dejando fondos fangosos inertes.

Estos colapsos ecológicos, a su vez, afectan directamente a los servicios de los que dependemos. La pérdida de arrecifes deja las costas sin protección natural frente a tormentas. La pérdida de polinizadores reduce la producción de frutas, verduras y cultivos oleaginosos. La pérdida de suelos vivos (con sus bacterias, hongos, lombrices y artrópodos) reduce la fertilidad agrícola y la capacidad de retención de agua, aumentando la erosión y la desertificación. La pérdida de bosques y humedales reduce la capacidad de regular los ciclos hidrológicos, aumentando tanto las inundaciones como las sequías.

En suma, un colapso ecológico generalizado no es solo una tragedia para el resto de especies —ya lo es— sino una amenaza existencial directa para nuestra civilización. Porque no podemos producir alimentos sin suelos fértiles; no podemos obtener agua potable sin cuencas hidrográficas sanas; no podemos mantener un clima estable sin sumideros de carbono como los bosques y océanos; no podemos desarrollar nuevos medicamentos sin la biodiversidad que es fuente de moléculas terapéuticas.

Por dónde empezar a actuar

Tras este diagnóstico, que puede parecer abrumador, es necesario y urgente pasar a la acción. Porque el pesimismo paralizante es tan dañino como el optimismo ingenuo. Hay esperanza, pero no es la esperanza pasiva de que "alguien" nos salve o de que "la tecnología" resolverá todo. Es una esperanza activa, construida desde abajo, desde nuestras manos y nuestras comunidades. Los científicos nos advierten que tenemos pocos años para evitar los peores escenarios, pero aún estamos a tiempo de cambiar de trayectoria. Y el cambio comienza ahora, con cada decisión cotidiana, cada vínculo comunitario, cada proyecto colectivo.

A continuación, presento un mapa de acción en varios niveles: individual, comunitario, municipal y (como horizonte) político-estructural. No se trata de hacerlo todo a la vez, sino de elegir por dónde empezar según nuestras posibilidades, circunstancias y pasiones.

Nivel individual. Pequeñas acciones con gran significado transformador

Aunque el cambio sistémico no puede reducirse a la suma de decisiones individuales —eso sería caer en un "ambientalismo de salón" que culpabiliza a las personas mientras exonera a las corporaciones—, las acciones individuales sí importan por varias razones. Primero, porque reducen nuestro impacto directo. Segundo, y más importante, porque construyen hábitos, modelos visibles y redes de confianza que son la base del cambio colectivo. Tercero, porque reducir nuestra dependencia del sistema nos hace más libres y resilientes.

Reducir el consumo: priorizar lo esencial y evitar lo superfluo

El primer paso es el más sencillo en teoría y el más difícil en la práctica, porque vivimos en una sociedad diseñada para estimular el consumo permanente. Se trata de aprender a distinguir entre necesidades reales (alimentación nutritiva, vivienda digna, salud, afecto, participación) y deseos inducidos por la publicidad, la moda o la presión social. Antes de comprar algo, podemos hacernos estas preguntas: ¿realmente lo necesito? ¿Lo voy a usar al menos 30 veces? ¿Puedo reparar lo que ya tengo? ¿Puedo pedirlo prestado, alquilarlo o intercambiarlo? ¿Puedo comprarlo de segunda mano?

Aplicar este principio significa, en concreto: comprar ropa de segunda mano o de marcas éticas y duraderas, y usarla durante años; no cambiar de teléfono móvil hasta que realmente deje de funcionar; evitar los productos de un solo uso (plásticos, cápsulas de café, toallitas húmedas); priorizar los alimentos de temporada y proximidad frente a los procesados y transportados; reducir el consumo de carne y productos animales (la ganadería industrial es uno de los principales impulsores de deforestación, emisiones y pérdida de biodiversidad); y aprender a disfrutar del ocio gratuito o de bajo coste (paseos, lectura, conversaciones, juegos de mesa, música compartida).

Adoptar hábitos sostenibles en el hogar y la movilidad

El ahorro energético es una de las áreas con mayor margen de mejora inmediata. Podemos: bajar la calefacción a 19-20 °C (cada grado menos supone un ahorro de entre 5 y 10% en la factura); usar ropa de abrigo en invierno y ventilación natural en verano antes que el aire acondicionado; apagar los aparatos electrónicos completamente, no dejarlos en stand-by; usar bombillas LED; tender la ropa al sol en lugar de usar secadora; darnos duchas cortas y recoger agua fría mientras esperamos el agua caliente; cocinar con cazuelas tapadas y a fuego lento; aprovechar el calor residual del horno.

En movilidad, la prioridad es reducir el uso del coche privado. Si es posible, pasarse a la bicicleta (con los avances en bicis eléctricas, las distancias de hasta 15-20 km son perfectamente asumibles); usar el transporte público; compartir coche con compañeros de trabajo o vecinos; agrupar los viajes para no hacer múltiples desplazamientos cortos; trabajar desde casa cuando sea posible. Si se necesita un coche, que sea pequeño, de bajo consumo y, si se puede, eléctrico (aunque la fabricación de baterías tiene su propio impacto ambiental, a lo largo de la vida útil un coche eléctrico emite menos que uno de combustión, especialmente si la electricidad es renovable). Y, por supuesto, volar solo en casos de absoluta necesidad (los vuelos de corta distancia son los más ineficientes por pasajero y kilómetro).

Aprender habilidades prácticas: el camino hacia la autosuficiencia

Una de las respuestas más poderosas a la fragilidad sistémica es recuperar habilidades que nuestras abuelas y abuelos daban por sentadas pero que se han perdido en dos generaciones. Cultivar alimentos, aunque sea en un balcón o un huerto urbano comunitario; cocinar desde ingredientes básicos, sin productos ultraprocesados; reparar ropa (coser un botón, remendar un desgarrón); reparar muebles y electrodomésticos pequeños; hacer conservas y fermentados; identificar plantas comestibles y medicinales silvestres; ahorrar y purificar agua; generar nuestra propia energía (placas solares en el tejado, aunque sean pequeñas); y, quizás lo más importante, aprender a cuidar de otras personas (niños, mayores, enfermos) y a recibir cuidados.

Estas habilidades no solo reducen nuestra dependencia de un sistema frágil, sino que nos conectan con la satisfacción profunda de hacer las cosas con nuestras propias manos, de saber que podemos valernos por nosotros mismos y de compartir conocimientos con los demás. Son la base de una vida buena, no solo de una vida de supervivencia.

Nivel comunitario. La escala de la transformación real

Las acciones individuales son necesarias pero insuficientes. La verdadera resiliencia se construye a escala comunitaria, en el barrio, el pueblo, la cooperativa, la asociación vecinal. Es en este nivel donde podemos crear estructuras de apoyo mutuo que sustituyan parcialmente a las instituciones fallidas y al mercado depredador.

Crear redes de apoyo mutuo

Los grupos de consumo son una herramienta probada: un conjunto de vecinos que se organizan para comprar directamente a productores locales (agrícolas, ganaderos, artesanos), saltándose los intermediarios y asegurando precios justos para el productor y asequibles para el consumidor, además de productos frescos, de temporada y sin envases superfluos.

Los huertos comunitarios transforman solares vacíos, azoteas o espacios infrautilizados en lugares de producción de alimentos, encuentro intergeneracional, educación ambiental y ocio saludable. No van a alimentar a toda la ciudad, pero sí a varias decenas de familias, y sobre todo crean comunidad y conocimiento práctico.

Los bancos de tiempo son sistemas de intercambio de servicios sin dinero: una hora de cuidado de niños se intercambia por una hora de reparación de bicicletas, una hora de clases de idiomas, una hora de ayuda con la declaración de la renta. No sustituyen a la economía monetaria, pero construyen redes de confianza y reducen la dependencia del dinero para necesidades no materiales.

Los talleres de reparación (Repair Cafés) son encuentros periódicos donde personas con habilidades técnicas ayudan a reparar aparatos electrónicos, ropa, muebles, juguetes, bicicletas, etc. Aprendemos a reparar, alargamos la vida de los objetos, reducimos residuos y nos conocemos entre vecinos.

Promover proyectos de energía comunitaria

La transición energética no tiene por qué ser liderada por grandes corporaciones. Las cooperativas energéticas permiten a los ciudadanos y ciudadanas producir su propia energía renovable (paneles solares en tejados de naves industriales o escuelas, pequeñas turbinas eólicas, minihidráulica), compartirla y gestionarla de forma democrática. En muchos países, el marco legal lo permite; en otros, hay que pelearlo, pero merece la pena.

Un paso más allá son las comunidades energéticas locales que integran producción, almacenamiento (baterías), gestión de la demanda y eficiencia. Son proyectos complejos, pero perfectamente viables a escala de barrio o pueblo pequeño, y reducen drásticamente la dependencia de las grandes eléctricas y de los combustibles fósiles importados.

Organizar espacios de formación y encuentro

El cambio cultural se nutre de conocimiento compartido. Podemos organizar:

  1. Talleres de ahorro energético y rehabilitación de viviendas (cómo aislar, cómo instalar ventilación natural, cómo elegir electrodomésticos eficientes).
  2. Talleres de cultivo ecológico, compostaje y permacultura.
  3. Talleres de reparación de bicicletas, electrónica básica, costura, carpintería.
  4. Círculos de estudio sobre decrecimiento, ecofeminismo, economía solidaria, agroecología.
  5. Proyecciones de documentales seguidas de debate.
  6. Comidas compartidas (potlucks) donde cada persona trae un plato y se come en comunidad.

Estos espacios son tan importantes como las acciones materiales: transforman la conciencia, generan confianza, disuelven el aislamiento urbano y construyen el sustrato cultural para cambios más profundos.

Nivel municipal y político: Las condiciones para escalar

El cambio comunitario puede hacer mucho, pero no puede todo. Necesitamos también cambios en las reglas del juego: leyes, presupuestos públicos, políticas urbanas, planes de movilidad. Aquí el horizonte es la acción política a nivel local (municipal, autonómico, estatal) y la presión social para arrancar concesiones al poder establecido.

En las ciudades: ciudades de proximidad

El urbanismo es una de las palancas más poderosas. Las ciudades de 15 minutos (concepto popularizado por Carlos Moreno) diseñan los barrios de modo que todas las necesidades básicas —trabajo, escuela, comercio, ocio, salud— estén a menos de 15 minutos andando o en bicicleta. Esto requiere: desincentivar el coche privado (peajes de congestión, reducción de plazas de aparcamiento, peatonalización), construir carriles bici protegidos y ampliar el transporte público gratuito o muy barato, y promover la mezcla de usos (viviendas, comercios, oficinas, equipamientos en el mismo edificio o manzana).

También son cruciales los presupuestos participativos, que permiten a los vecinos decidir sobre una parte del presupuesto municipal, y las auditorías ciudadanas de las políticas energéticas, de residuos y de movilidad.

Políticas públicas necesarias para la transición

Aunque no dependa solo de nosotros como individuos, debemos organizarnos para exigir:

  1. Prohibición de la obsolescencia programada y derecho a la reparación (etiquetado de durabilidad, disponibilidad de piezas de repuesto durante 10 años, facilidad de desmontaje).
  2. Inversión masiva en rehabilitación energética de viviendas (aislamiento, ventanas, calderas de biomasa o aerotermia).
  3. Moratoria a megaproyectos destructivos (nuevas autopistas, aeropuertos, macrogranjas, minería a cielo abierto).
  4. Planes de transición justa para trabajadores de sectores en declive (petróleo, carbón, automoción) hacia empleos en economía de cuidados, agroecología, energías renovables y rehabilitación de viviendas.
  5. Reducción de la jornada laboral sin pérdida de salario, como herramienta para redistribuir el trabajo disponible y liberar tiempo para los cuidados, la participación comunitaria y la reducción del consumo.

El decrecimiento como horizonte político

A nivel estatal y global, la propuesta que articula todas estas acciones es el decrecimiento: la reducción planificada, democrática y equitativa de la producción y el consumo de energía y materiales, especialmente en los países ricos (que son los que han consumido la mayor parte de los recursos históricos y los que deben asumir la mayor responsabilidad en la transición). El decrecimiento no significa pobreza ni miseria; significa vivir mejor con menos, desintoxicándonos del consumo superfluo y recuperando el tiempo, los vínculos, la salud y el propósito.

Algunas políticas concretas de decrecimiento:

  1. Establecer techos de emisiones y de extracción de materiales que se reduzcan cada año.
  2. Eliminar el PIB como indicador de éxito y sustituirlo por indicadores de bienestar real (salud, educación, igualdad, biodiversidad, tiempo de cuidados).
  3. Implantar una renta básica universal para desvincular la supervivencia del empleo asalariado y permitir que las personas dediquen tiempo a actividades no remuneradas pero valiosas (cuidados, arte, agricultura, reparación).
  4. Reducir drásticamente el gasto militar, la publicidad, la industria del automóvil de lujo y otros sectores claramente superfluos.
  5. Aumentar fuertemente el gasto en sanidad pública, educación, cuidados, energías renovables y agricultura ecológica.

Respuesta a las objeciones habituales

Antes de concluir, es justo abordar algunas de las objeciones más comunes que surgen cuando se plantea este diagnóstico y estas propuestas.

Objeción 1: "La tecnología nos salvará"

Esta es quizás la creencia más extendida y más peligrosa. Se espera que los coches eléctricos, los combustibles sintéticos, la fusión nuclear, la captura de carbono o la geoingeniería nos permitan seguir creciendo indefinidamente sin consecuencias. Pero ninguna de estas tecnologías está madura a escala ni puede funcionar sin una base de combustibles fósiles para su fabricación y despliegue. Además, todas tienen impactos ambientales propios (minería de litio y cobalto, consumo de agua, ocupación de territorio). La tecnología no es mágica; obedece a las leyes de la termodinámica y la ecología. Podemos confiar en la tecnología como herramienta, pero no como salvadora.

Objeción 2: "No sirve de nada lo que haga yo si las grandes empresas contaminan"

Es cierto que el grueso de las emisiones y la extracción de materiales proviene de unas pocas centenares de grandes corporaciones. Pero esas corporaciones no contaminan por placer; contaminan porque producen bienes y servicios que la gente compra. Reducir nuestro consumo (especialmente de carne, moda rápida, electrónica desechable, viajes en avión) sí resta poder a esas corporaciones. Además, las acciones colectivas locales construyen el poder social necesario para después imponer regulaciones políticas a las empresas. No es "o acción individual o acción colectiva"; es acción individual que se organiza en acción colectiva.

Objeción 3: "El decrecimiento es negativo, nos hará más pobres"

Depende de qué entendamos por "pobreza". El decrecimiento propone reducir el consumo de bienes materiales superfluos (que no aumentan la felicidad más allá de un umbral, como muestran décadas de investigación en economía de la felicidad) y aumentar el consumo de bienes relacionales y de cuidados (que sí aumentan la felicidad, la salud y la cohesión social). Vivir con menos energía y menos objetos, pero con más tiempo para la familia, los amigos, la participación comunitaria y la naturaleza, no es una vida pobre; es una vida rica en lo esencial. El decrecimiento es, en realidad, una propuesta de prosperidad sin crecimiento.

Objeción 4: "Pero China e India seguirán creciendo, así que da igual lo que hagamos aquí"

Esta objeción tiene un fondo de verdad, pero es falaz. Primero, porque los países ricos somos históricamente responsables de la mayor parte de las emisiones acumuladas y del consumo de recursos; tenemos la deuda ecológica más alta y, por tanto, la mayor responsabilidad de actuar primero. Segundo, porque China ya está invirtiendo masivamente en energías renovables y en vehículos eléctricos, pero no por altruismo sino porque ha entendido que la dependencia energética y material es una vulnerabilidad estratégica. Tercero, porque el ejemplo de transiciones exitosas en un país puede inspirar y presionar a otros. La excusa de "los demás no lo hacen" es eso: una excusa para la inacción.

El momento de actuar es ahora

No podemos esperar más. No porque el mundo vaya a acabarse mañana —eso no es cierto y solo genera desmovilización— sino porque la ventana de oportunidad para evitar los peores escenarios de colapso se está cerrando rápidamente. Las decisiones que tomemos (o dejemos de tomar) en esta década determinarán la vida de nuestros hijos, nietos y de millones de otras especies.

No podemos esperar soluciones mágicas de gobiernos o empresas. Los gobiernos están capturados por los intereses económicos dominantes, y las empresas responden a la lógica del beneficio trimestral, no al bienestar a largo plazo. El cambio empezará desde abajo, en lo cotidiano, en nuestras comunidades, en nuestra forma de vivir y relacionarnos. Cada vez que elegimos reparar en lugar de comprar nuevo, cada vez que caminamos o vamos en bici en lugar de coger el coche, cada vez que compartimos una comida con vecinos, cada vez que cuidamos de un niño o de una persona mayor, estamos construyendo los cimientos de un mundo nuevo. Y ese mundo nuevo, aunque emerja de las ruinas del viejo, puede ser más justo, más hermoso y más vivible que el actual.

Te invito a sumarte. No hace falta que lo hagas todo, ni que tengas todas las respuestas. Basta con que empieces por algo: una huerta en el balcón, unirse a un grupo de consumo, reparar en lugar de tirar, preguntar a un vecino mayor si necesita ayuda, reducir el consumo de carne, apagar la luz, leer un libro sobre decrecimiento, asistir a una asamblea vecinal. Cada pequeño paso cuenta, no tanto por su impacto directo sino porque te transforma a ti y a quienes te rodean.

Y tú, ¿por dónde vas a empezar?

Si no sabes como empezar, puedes hacerlo con este curso: Vivir mejor con menos. Curso práctico de decrecimiento para la vida cotidiana (PDF)



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