Yo quisiera no pensar en el día de mañana
Salí de la ducha aún drogada por el vapor. Las gotas mojando todo. El calor pegado en la piel. Encendí un cigarrillo, subí el volumen de la música y dejé que Jarvis hiciera el resto. Por un instante me concentro en la letra de Disco 2000. ¿Dónde habrá quedado todo aquello? ¿No fue ese año cuando Aperman y yo tuvimos aquella cita extraña en el museo? Increíble que el cenicero nunca esté en su lugar. Ah, me parece que lo dejé en la cocina. Voy a buscarlo sin dejar de bailar, procurando no matarme en el camino mientras el toallón caía. El teléfono había sonado dos veces y yo levanté antes de que la llamada pase al contestador. Silver, qué hacés. Encontré una foto nuestra de un campamento del shule, por eso te llamo. No recuerdo cómo siguió la charla. Solo sé que nos citamos para ver la muestra de Lartigue. Él llegó en bicicleta. Yo, en taxi. Es curioso: siempre olvido su nombre de pila y termino llamándolo por el apellido. Una vez, durante una fiesta en casa de mi hermano, nos besamos pornográficamente sentados en el borde de la pileta. El ruido del filtro agitando el agua. El calor de nuestros cuerpos, ajenos a todo en un verano infernal. ¿Era verano? Cuando una amiga me preguntó quién era, le dije no sé el nombre. Y reí, tragándome el pedacito de hielo que quedaba en el fondo de aquel vaso de whisqui. Incluso después de coger en el sillón del living, yo seguía sin recordar. Es Aperman. Punto. Al buscarlo en la agenda, solo figuraba con la inicial del apellido. Por suerte, su voz era inconfundible. Y si dejaba un mensaje, no hacía falta que aclarara más. Yo sabía. A veces charlábamos durante horas mientras todo se humedecía y terminábamos tocándonos. Hasta acabar. O hasta que llegara Carlos. El nombre de su hermano sí lo recuerdo. Sobre todo porque me propuso un trío con él. ¿Yo qué respondí? Me paso crema por el cuerpo mientras el cigarrillo se consume en algún lugar. Hace mucho calor para vestirse pero. Y entonces, Bar Italia, move, move quick, you gotta move. Agarré un vestido liviano, de esos que acompañan momentos arrebatados. El espejo gritaba que era una buena elección. Decidí creer. Las uñas pintadas en tono rosa chicle Dior. La piel levemente bronceada. La cabeza, un entero desastre. Perfección total. Hace dos semanas volví a pasar por ese lugar al que fuimos a comer luego de la muestra. Se come bien y es barato, comentó. Yo lo miré de reojo. Ceño fruncido. Era justo al lado del Patio, ¿no? Pasé con el auto mientras iba a visitar a mis padres. Creo que ya no existe. Hubiese dado todo por poder cerrar los ojos y volver a chupar tu dedo lleno de crema. El flan casero que pediste. Inmejorable. Yo no quise postre, desde luego. Solo podía hablar de mi fascinación por los hoteles. Y entonces, me dijiste de ir a uno. Abrí las ventanas de la habitación. Respiré hondo. No sentí nada más que un profundo estupor mezclado con. Fuimos al kiosco de la estación de servicio y llenamos mi bolso de golosinas. ¿A cuál querés ir? Pensé, pensé mucho. Si caíamos en uno familiar, nos iban a sacar escoltados por la policía. Una vez viajé en patrullero. Horrible. Es como una mini cárcel. Había discutido con un taxista que fumaba sin parar. Y yo siendo asmática. A la quinta vez que le pedí que apagara la cosa, trabó las puertas. Y yo llamé al 911. Ahora tengo todo controlado con Monte. El salbutamol siempre me provoca taquicardia. Con el pie atraje el atado de Gitanes pero no prendí ninguno. Besarnos mientras me pasabas un caramelo. Me dio tanta risa que casi me ahogo. Timbre. Sí, ya bajo. Busqué con la mirada mi cartera, agarré la billetera y salí. No era muy romántico aquello pero el pollo de rotisería con papas siempre puede ser torpemente sexy. Además, el olor crocante me vuelve loca. Ni bien abrí la puerta otra vez, un viento absurdo proveniente de no sé dónde, hizo volar unos papelitos con anotaciones que estaban en la mesa ratona. Mensaje de Vanina. ¿Qué hacés? ¿Salimos? No, viene Aperman a comer. Estúpida, no me contaste nada. Bueno, chau. Dejé el celular sobre algo y fui con el pollo a la cocina. ¿Abro una cerveza ahora? Abro. Tomo un trago y escupo. Está caliente. La heladera no anda. Reviso lo inmediato: sí, está enchufada. Eso me eriza la piel. No sé muy bien qué hacer. Llorar, no. Cancelar, tampoco. Durante unos minutos quedo demorada en el tránsito colapsado de mi mente. Los semáforos tampoco funcionan. Solo hay bocinas. Y más bocinas. También puteadas. Pablo, claro. Pablo. Salgo otra vez directo a lo de mi vecino. Podría haberle mandado un mensaje pero decido que mejor es tomar esta ruta. Golpeo acercando suavemente mi cara a la puerta. Pablo, ¿estás en casa? Pasos. Abre. Hola, Silver. Entrá, estoy preparando milanesas. ¿Querés quedarte a cenar? La pregunta me atraviesa. Ehhh, no. Mi heladera no anda, no enfría. Bueno, dice él. Nada parece alterarlo. ¿Entonces? Entonces quería saber si tendrás una conservadora para meter todo lo del freezer. Me mira un segundo y rápidamente actúa. Toda tuya. Yo no actúo. Ni me muevo. ¿Sabés dónde puedo comprar rolitos? En la estación de servicio, Silver. Una leve sonrisa aparece. Mi corazón se agita. Sí, es verdad. Dame un segundo. Mete toda la preparación en una heladera que funciona. Se lava las manos. Y agarra unas llaves. Vamos, dale. Ni siquiera pregunto la hora. Solo me dejo llevar. Ascensor. Estacionamiento. Ford Edge. Techo panorámico. Avenida Libertador. El bajo es tan hermoso de noche. Los bares, la gente. Incluso los autos esperando que la luz se ponga verde. ¿Puedo poner música? Creo que hay algo en la guantera. Se estira rozando apenas mis piernas desnudas. Abre. Corcobado. No escuché nunca. Cierro los ojos, la ventanilla baja. Algo me embiste. Jamás el cinturón de seguridad cumplió tan magistralmente su cometido. No te puedo entender, amor. Porque llegas a mi vida para quedarte. Pero después de un tiempo, siempre te vas. Necesitaba de nuevo un poco de salbutamol. Estacionamos en la Axion, esa que está antes de salir de provincia. No hizo falta que yo me moviera. Pablo bajó del auto, agarró dos bolsas de hielo seco, pagó y volvió. ¿Estás bien, Silver? Yo. Toda la cadencia de aquellas canciones se volvían olas, mareas. Tsunamis. No contesté. Simplemente, me acomodé en el asiento sin dejar de mirar la vida. Ya en el ascensor, todo era inquietantemente cotidiano. Sus adidas azules, el pantalón cargo. La remera de algodón gris topo. El disco en mi mano algo sudada. Los cinco pisos más largos del mundo. De nuevo en su casa. Tiró el hielo en el artefacto aquel y me lo entregó. Traté de armar un mapa mental de su espacio y del mío. ¿Si llego a coger con Aperman, él podrá escucharme? No sé qué tan gruesas son las paredes. Gracias. Y le di un beso torpe. Ahora todo mi piso parecía una catástrofe. Pollo comprado, heladera rota, post its por todos lados. El perfume de otro hombre en mi cara. Fui directo a poner el disco aquel y caí en el sillón, exhausta. Aún así bailaría caprichoso amor, escucha: te encerraré en mi corazón de dudas. El teléfono comienza a vibrar y cae al piso, devolviéndome a mi departamento. Estoy en la puerta. No me acuerdo el piso. 5to A. El portero suena. Lo dejo pasar. ¿Hace cuánto que no nos vemos? Desde el 2000, cierto. Yo me fui a vivir lejos. Él nunca me escribió. Yo, yo creo que sí. Quería seguirla a distancia. Le voy a preguntar cuando la cerveza haga efecto. O no. El encuentro es confuso. Nuestras caras chocan. Sonreímos incómodos. Compré pollo en una rotisería nueva del barrio. Suele ser muy rico. La cerveza no está muy fría porque. Es alto pero antes me parecía aún más. Por mí ya pondría la mesa, la comida en los platos, tomaría todo como está. ¿Qué estás escuchando? Un disco que me prestaron. ¿Puedo subir un poco? Asiento. Subí, claro. Que la música tape el ruido este. Imagino que vino en bici y no me equivoco. Manejo poco para evitar la contaminación. Creo que la cerveza no va a funcionar. Tengo bourbon. ¿Te preparo uno? No, gracias. La cerveza me va mejor. Hace un rato me acordé de la muestra de Lartigue. Fuimos juntos. Año 2000. No, esa muestra fue en 1999 y creo que fui con novia de entonces. Luchi. La conociste. Tomo un trago intenso que incendia mi garganta. Sí, puede ser. Oh, malditos recuerdos. El timer empieza a sonar. Metí la cena en el horno como si supiera lo que hacía. Asumo que sí. Agarro todo procurando mantenerlo en un nivel aceptable de estabilidad; sin quemarme. Lo llevo a la mesa. Che, esto huele muy bien. Tendrías que haber dicho que lo hiciste vos. No, yo no miento, digo. Me ruborizo. El alcohol ya había cumplido la misión. Mis piernas tiemblan. Todos mis movimientos deben ser controlados con urgencia. Evitar un desborde. La lengua patina con cierto dejo de sensualidad. Busco mis cigarrillos. Contacto visual inmediato: allá están. Me calmo. ¿Sabés?, comenté mientras servía, también me acordé de cuando me contaste que tu debut sexual había sido con tu hermano Carlos y con tu papá. Suelto una risa demoledora. Con la mano, me tapo un poco la boca pero no sirve de mucho. Nunca supe si todo aquello era cierto, continúo. Todo cambia de tono abruptamente. Aperman carraspea. Es verdad, dice. Ni siquiera baja la mirada. Automáticamente toco mi cara como tratando de descifrar aquel olor. ¿Qué perfume será? Yo quisiera desprenderme de esta ansiedad que me tiene cautivo hasta en mi felicidad. Por primera vez en la noche, deseo que se vaya. Me levanto y abro apenas la puerta. Del otro lado, alguien enciende un cigarrillo.