Una de las cosas que más valoro de una casa es la división de espacios. Creo que tener espacios dedicados a actividades específicas permite mantener cierto orden a la hora de habitar un hogar. Un espacio para cocinar, un espacio para lavar ropa, un espacio para lavar los platos, un espacio para leer, un espacio para comer, un espacio para dormir, un espacio para descansar, un espacio para realizar pasatiempos, todo con «fronteras» bien delimitadas. «Aquí termina un espacio, aquí comienza otro». Sin ninguna actividad que salga de esos territorios, precisamente para mantener un orden.

Mi principal problema siempre había sido el exceso de cosas, o tal vez la falta de espacios específicos para guardarlas. Por ejemplo, en casa de mis padres teníamos lugares para guardar ropa, o para guardar libros, pero aun así era inevitable que el desorden se instalara de vez en cuando. La orden habitual que escuchábamos era «dejen las cosas en su sitio», pero había cosas que no tenían un sitio, o había un sitio que ya tenía demasiadas cosas, y no había lugar para más. Pero, evidentemente, lo que más primaba era nuestra simple y llana desidia. Habrá sido por la edad que teníamos —entre hermanos nos llevamos pocos años de diferencia—, habrá sido por la poca costumbre, pero el desorden tenía algo de divertido por aquellos tiempos. Era inevitable que ciertos objetos vagaran lejos de sus patrias designadas, errantes sujetos inanimados, ocupando lugares que no les correspondían pero de los cuales tampoco se los podía expulsar. Un cuaderno en la cocina, un lapicero en la encimera, un plato en la sala, zapatos al lado del televisor, vasos y tazas en la habitación, compartiendo espacio con espejos, libros y algunos frascos de perfume en el tocador.
El problema apareció cuando, con el tiempo, los objetos no fueron los únicos en sucumbir a la diáspora, pues ahí donde los objetos habitaban, también se desarrollaban las actividades para los que los objetos habían sido creados. Se comía en el cuarto en lugar de hacerlo en el comedor, se leía en la cocina... y bueno, son actividades que parecen nimiedades al principio, pero que cuando se realizan en conjunto y con cierta constancia, con el tiempo se vuelven parte de la rutina hasta instalar en toda la casa una nueva forma de convivencia, una suerte de profanación normalizada de aquellos espacios que habían sido designados para otras cosas.
El caos, sin duda, se agrava cuando, más allá de que se realicen actividades fuera de espacios designados, estos espacios ni siquiera existan. Aquel fue mi dilema cuando empecé a vivir solo. Las habitaciones que conseguía, por su naturaleza, carecían de divisiones. Salvo por el baño y la ducha —que siempre me esforcé por conseguir que fueran independientes—, tenía que cocinar, planchar, leer, dormir y trabajar en los mismos cuatro metros cuadrados. Y resultaba tedioso, pues si no hay un espacio designado para la cocina, desaparecen las ganas de cocinar. Si no hay un espacio para guardar platos, estos comienzan a acumularse sobre la mesa que ocupa el centro de la habitación, hasta que se llenan de polvo y nuevamente hay que lavarlos.
Por eso me gustaba visitar las casas de ciertos amigos. Me invitaban a comer y, al terminar, yo me ofrecía a lavar los platos. Más allá de un acto de respeto y para corresponder con gratitud sus buenas atenciones, lo hacía porque en sus casas esos espacios sí existían. Me sentía cómodo lavando platos ahí porque tenían lavaderos y escurridores para vajilla. La visión de orden al dejar todo en su sitio, ocupando su debido lugar en la casa, me resultaba satisfactoria. En mi cuarto, el orden no significaba tener cada cosa en su lugar, sino tener todo guardado en cajas, de donde tenía que extraer cada cosa cuando la necesitaba, y sobre las cuales colocaba otros elementos, como si fuesen mesitas de noche al uso.
Con el tiempo mi necesidad por mantener un orden de las cosas y las actividades se ha acrecentado. Tal vez porque me he vuelto más hogareño, y me gusta habitar un espacio que se vea lo más cómodo posible. Y para mí la comodidad significa orden. La visión de tener elementos que ocupan espacio en el piso no me agrada en absoluto, como las cajas, por ejemplo, u objetos más pequeños. Todo debe tener un lugar que ocupar en casa, y para eso son útiles los enseres, como zapateros, pequeñas repisas sobre las paredes, y más. Por eso la última vez que me mudé cuidé mucho que el espacio sea lo suficientemente grande como para que todos los objetos pudieran ocupar su lugar con la debida comodidad. No comodidad para ellos, claro, sino para mí. Porque lo que detestaba era precisamente eso: la falta de enseres en los que colocar los objetos en lugar de mantenerlos en las cajas. Porque tampoco había suficiente espacio para dichos enseres, así que tenía que conformarme con convivir con cajas cerradas por todas partes.
Muchas veces subestimamos —o ni siquiera consideramos— la paz mental que transmite el hecho de ver que cada espacio en una casa esté designada a un uso específico. La visión es incluso relajante: cada objeto ocupando su territorio y dignificando su vida de utilidad con su sola presencia. Puede incluso incrementar la productividad. El desorden me transmite desgana; mientras que el orden me inspira a hacer más cosas, a trabajar con mayor soltura y buen ánimo porque dentro de mí estoy seguro de que me puedo desenvolver sin problema al saber dónde está cada objeto que necesito.
Pero este deseo, aunque genuino, también tiene sus limitaciones porque las circunstancias no son las mismas para todos. Hubiera sido injusto exigir divisiones de espacio en un cuarto como el que estaba alquilando, así que a veces uno tiene que adecuarse a lo que hay. He aprendido que para este tipo de casos vale conformarse de manera temporal, a la par que se trabaja para conseguir algo mejor en el futuro. No me equivoqué.
Hoy observo a mi alrededor y pienso en cada uno de los objetos que pueblan este pequeño continente de mi existencia. Su presencia me recuerda que están hechos para usarse en un lugar específico, y que cuidar el entorno es otra forma de demostrar respeto por mí mismo, por mi vida. De niño, cuando mi padre veía que hacía mis tareas en una mesa desordenada, solía decirme: «Tienes que limpiar primero antes de ponerte a trabajar. Tú no te mereces este desorden». Es parte del amor propio cuidar el espacio personal, pero ese es tema para otro ensayo.
A quien haya sido lo suficientemente amable como para haberse tomado el tiempo de leerme: gracias.
Cambio y fuera,
Asher.
Nota: agradezco al creador de tuhat por incluir más características al editor. Ya lo mencioné antes, pero es genial sentir que el creador de una plataforma se toma el tiempo de considerar las propuestas que hacen los usuarios. Escribir en tuhat está siendo una experiencia muy agradable.